sábado, 30 de agosto de 2014

Me hallaba en mi rincón favorito de "The Gardens" (Anthony Badgrapes)


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Me hallaba en mi rincón favorito de The Gardens, un viejo club que había disfrutado de mejores tiempos, cerca de Central Park, qué quieren, también yo había disfrutado de mejores tiempos, tomando un screwdriver –“destornillador”, para entendernos-, lo más para ponerse a punto por la mañana, que solo sabía prepararme Pepe. Se hacía llamar Mr. Joseph, pero yo lo conocía desde cuando regentaba un tugurio por las Ventas del Espíritu Santo en Madrid y seguía llamándolo Pepe, a cambio, eso sí, de generosas propinas. No crean que tomo vulgares screwdrivers, mi decadencia no ha llegado todavía a tanto, se trata de una fórmula secreta, que hoy que me encuentro especialmente comunicativo voy a compartir con ustedes, ya que han tenido la pachorra de continuar leyendo hasta aquí, pero a condición de que no la divulguen, de otro modo el asunto pasaría a mayores, ya me entienden, y me vería forzado, entre otras cosas igual de perjudiciales para todos, a cambiar de combinado. Soy un espíritu selecto y no puedo tomar lo mismo que esa masa de frikis que pulula por ahí. Antes moriría de sed, que es para mí el peor tormento a que pueda ser sometido un ser humano, que tomarme un gintónic. ¡Estamos!, pues acérquense que les voy a confiar mi fórmula: 2/3 de gazpacho y 1/3 de vodka, se agitan en una coctelera bien fría, se agitan, ¡eh!, no se revuelven, y se vierten en una copa de martini, previamente helada, pero nada de hielo, ya saben, y con el borde escarchado con sal gruesa. Pruébenlo, mano de santo para esas mañanas en que el cerebro se encuentra envuelto en una espesa niebla producto de noches de pecado y de pasión. Bueno, quizá, pecado, pero pasión, la verdad, es que no mucha, al menos en mi caso, y ustedes no faroleen que esto no es una jugada de póker. Así de sencillito es el screwdriver, pero he de advertirles que no vale cualquier gazpacho, no, ni mucho menos, y no cometan la herejía de utilizar un alvalle de supermercado, aparte de cometer un crimen estético, esto les arruinaría el estómago por unos cuantos días. El ideal es el que prepara la mujer de Pepe, que es sevillana, a quien ayudo alguna vez a elaborarlo. Mientras su marido se halla ocupado en la barra nosotros nos encerramos en el laboratorio a cocinarlo, el marido tiene una absoluta prohibición de interrumpirnos , ya que es como una operación alquímica, que requiere de toda la concentración de los oficiantes y cualquier interrupción podría tener consecuencias fatales. El vodka, según Pepe, viene, por un oscuro canal, directamente de las bodegas del Kremlin, yo me lo creo y vale. Bien es verdad, que cada combinado de estos me cuesta un buen puñado de dólares, pero prefiero arruinarme tomando los combinados de Mr. and Mrs. Pepe, que pagando el impuesto sobre la renta. Bien, a lo que vamos, estaba en The Gardens donde debía de encontrarme con Eyedleg, un camarada de los viejos tiempos, que siempre se retrasaba, para tratar de un negocio. Apareció el interfecto acompañado de una rubia con más agua oxigenada que un botiquín de los Players. –Te dije que se trataba de business, de modo que tenías que venir solo, brother- le espeté a modo de saludo. La rubia me miró con la misma aprensión con que me miran todas las rubias, hasta que empiezan a conocerme, como si fuera una oruga defecando en un pétalo de rosa, mientras trataba de estirar la piel de su cara, abotargada de botox, para esbozar una sonrisa – Rosse puede escuchar todo, es seria y de toda mi confianza, my darling, no tengo secretos para ella-. Eso me dijo de la rubia anterior y así nos fue. De modo que le conté la película del robo del tren de Glasgow, cambiando las estaciones, claro, y le pareció un plan perfecto. “¡Espléndido, chico! Propio de tu genio ¿Cuándo nos ponemos a ello?” Preguntó.

Anthony Badgrapes


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