viernes, 10 de abril de 2026

DEL "RELATO" AL CUENTO, O EL ARTE DE ENGAÑAR CON PALABRAS NUEVAS (Servando Gotor)

El poder siempre ha contado cuentos. Lo único que ha cambiado es el nombre del oficio y el precio de la entrada.

 





No hay cuenta sin cuento, ni cuento sin cuenta.

 

Hubo un tiempo —no tan lejano— en que al cuento se le llamaba cuento. El político mentía y se decía que mentía. El banquero especulaba y se le llamaba especulador. El demagogo enardecía a las masas con promesas incumplibles y el vecino de la taberna, sin haber leído un solo manual de filosofía política, zanjaba el asunto de un golpe: «no nos venda el cuento». Aquellos eran tiempos, en cierto modo, más honestos en su cinismo.

Hoy, en cambio, vivimos en la era del relato. El término llegó de las academias y los departamentos de comunicación con la solemnidad de quien trae noticias de otro mundo. Los asesores de imagen, los spin doctors, los directores de estrategia narrativa —que así se llaman ahora algunos que antes eran simplemente embusteros profesionales— nos informaron de que el poder ya no gobierna: construye relatos. Y la ciudadanía, deferente ante tanta modernidad, asintió.

 

 

«El relato no es más que el cuento de toda la vida puesto en traje de marca, con anglicismo y PowerPoint.» Consideración evidente

 

Conviene, antes de seguir, hacer un poco de arqueología lingüística. El vocablo relato, en su uso político y mediático contemporáneo, no viene precisamente de Homero —aunque algo debe al rapsoda que recitaba de pueblo en pueblo, cobrando por ello. El término anglosajón narrative, popularizado en los años noventa por los asesores demócratas de Bill Clinton y luego canonizado en toda campaña electoral que se precie, fue traducido al castellano como «relato» por aquellos que consideraban que «cuento» sonaba demasiado vulgar, demasiado a abuela, demasiado a lo que era: una mentira bien contada.

 

Así que importamos el envoltorio y lo llenamos del mismo relleno de siempre. Clásico.

 

Porque el asunto, como bien intuyó Gracián —ese aragonés irredento que escribió en el siglo XVII todo lo que los consultores de comunicación creen haber inventado en el XXI—, es que nunca hubo cuenta sin cuento ni cuento sin cuenta. Es decir: detrás de todo discurso hay un interés, y detrás de todo interés hay un discurso que lo disimula. El poder ha necesitado siempre una historia que lo justifique, y el pueblo, con más frecuencia de la que es decoroso admitir, ha necesitado creerla.

Lo que ha cambiado, si acaso, es la sofisticación del mecanismo. Antes, el rey convocaba al cronista y le pedía que escribiera su hazaña. Hoy, el grupo mediático convoca a la tertulia y le pide que construya el clima. El resultado es similar: vemos y oímos con los ojos y oídos de otros. Hemos sido adiestrados —o nos hemos dejado adiestrar, que también es una forma de colaboración— para delegar la interpretación de la realidad en quien tiene los altavoces más grandes.

 

«Se vende lo mejor y lo peor, pero sobre todo se vende el que compra.»— Gracián, puesto al día

 

Llegados aquí conviene abordar una cuestión etimológica que resulta políticamente más explosiva de lo que parece: ¿por qué cuentos chinos? La expresión designa, como sabe cualquier hispanohablante, aquello que es inverosímil, exótico en su falsedad, imposible de verificar. Y la respuesta, lejos de ser un capricho de la lengua, tiene una geografía y una historia.

El mérito —o la culpa— hay que repartirlo entre Marco Polo y sus sucesores en el noble arte del viaje fabulado. Cuando el veneciano regresó de sus andanzas orientales a finales del siglo XIII, trajo consigo una narración tan prodigiosa —palacios de mármol, especias que valían su peso en oro, ejércitos de elefantes— que sus contemporáneos le pusieron el apodo de Il Milione, no por generoso, sino porque sus cuentos parecían contarse por millones. En su lecho de muerte, cuentan, alguien le pidió que se retractara de sus exageraciones. Él respondió que no había contado ni la mitad de lo que había visto. Se llevó sus secretos a la tumba, que es exactamente lo que hacen los buenos cuentistas.

Tras Polo vinieron otros muchos viajeros que comprendieron el negocio: Europa ignoraba lo que había al otro lado del mundo, y esa ignorancia era un mercado. Regresaban de Oriente cargados de reliquias —cabezas de San Juan en número que habría requerido un santo poliédrico, astillas de la Vera Cruz suficientes para reconstruir una selva tropical—, y nadie podía desmentirles porque nadie había estado allí y se precisaba casi una vida para semejante viaje de ida y vuelta. Los chinos, por su parte, recibían a estos mismos viajeros con sus propias fabulaciones. Era, en definitiva, un intercambio equitativo: engaño por engaño, cuento por cuento.

De ahí que «cuento chino» haya quedado en la lengua como sinónimo de embuste indemostrable. Lo chino no alude a la deshonestidad del pueblo chino —que bastante tiene con aguantar los tópicos de los demás— sino a la distancia que imposibilitaba la verificación. Si el cuento venía de tan lejos, ¿quién iba a comprobarlo?

 

 

En esto, la modernidad ha hecho una aportación técnica notable: ya no hace falta que el cuento venga de China. Basta con que venga de una pantalla suficientemente grande. La distancia que antes proporcionaba la geografía la proporciona hoy la velocidad: los bulos viajan más rápido que las verificaciones, y para cuando el fact-checker llega a la escena del crimen, el cuento ya ha hecho tres vueltas al mundo y ha sido comentado con ardor por personas que están absolutamente seguras de lo que no saben.

Pero seamos justos —esa virtud tan poco rentable— y no carguemos toda la responsabilidad en el poder y sus narradores. Gracián, siempre implacable, lo dejó escrito: «malo es todo, pero la necedad intolerable». Tenemos, en cierta medida, el relato que merecemos. Una sociedad que prefiere la emoción a la verificación, el titular al artículo y el meme al argumento, es una sociedad que ha firmado el contrato de la credulidad sin leer las cláusulas. Y luego, claro, se queja de las cláusulas.

Además, y esto es quizá lo más gracianesco del asunto, el poder sabe perfectamente que «honra y doblones no caben en el mismo saco». Quien triunfa en la arena del relato moderno rara vez lo hace por sus virtudes: triunfa el que va cargado, el que tiene los medios, el que puede repetir su versión cien veces hasta que se convierte en verdad por pura saturación. Y el que «todo lo suyo lo llevaba consigo» —el que tenía argumentos pero no altavoces— ese se queda en el camino, con su razón intacta y su influencia nula.


*   *   *


Concluiremos, pues, como conviene a un tema tan antiguo: brevemente. Porque «lo bueno, si breve, dos veces bueno», y «a menos palabras, menos pleitos», y «conviene dejar con hambre y no cansar», máximas todas, por supuesto gracianescas, que los articulistas incumplen sistemáticamente pero que siempre invocan en el cierre para fingir virtud.

El relato es el cuento. El cuento ha sido siempre el cuento. El poder lo cuenta, nosotros lo compramos, y luego nos sorprendemos de haber pagado. Marco Polo mintió, los medievales le creyeron, los asesores de comunicación lo perfeccionaron, y aquí seguimos: escuchando cuentos chinos con nombre en inglés, pagados con impuestos o con clics, y convencidos de que esta vez, a diferencia de todas las anteriores, nos están contando la verdad.

¿Por qué…? “Que lo averigüe Vargas”, decían también cuando nada había que averiguar. Pues bien, que lo averigüe quien quiera. O, mejor: que lo haga el algoritmo de los que ahora también construyen relatos. Aunque ese, ya, sería otro cuento.


Servando Gotor



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