El
poder siempre ha contado cuentos. Lo único que ha cambiado es el nombre del
oficio y el precio de la entrada.
No hay cuenta sin cuento, ni
cuento sin cuenta.
Hubo un tiempo —no tan lejano— en que al
cuento se le llamaba cuento. El político mentía y se decía que mentía. El
banquero especulaba y se le llamaba especulador. El demagogo enardecía a las
masas con promesas incumplibles y el vecino de la taberna, sin haber leído un
solo manual de filosofía política, zanjaba el asunto de un golpe: «no nos venda el cuento». Aquellos eran tiempos, en cierto modo, más honestos
en su cinismo.
Hoy, en cambio, vivimos en la era
del relato. El término llegó de las academias y los departamentos
de comunicación con la solemnidad de quien trae noticias de otro mundo. Los
asesores de imagen, los spin doctors, los directores de estrategia
narrativa —que así se llaman ahora algunos que antes eran simplemente
embusteros profesionales— nos informaron de que el poder ya no gobierna: construye
relatos. Y la ciudadanía, deferente ante tanta modernidad, asintió.
«El relato no es más que el cuento
de toda la vida puesto en traje de marca, con anglicismo y PowerPoint.» Consideración
evidente
Conviene, antes de seguir, hacer un poco
de arqueología lingüística. El vocablo relato, en su uso político y
mediático contemporáneo, no viene precisamente de Homero —aunque algo debe al
rapsoda que recitaba de pueblo en pueblo, cobrando por ello. El término
anglosajón narrative, popularizado en los años noventa por los
asesores demócratas de Bill Clinton y luego canonizado en toda campaña
electoral que se precie, fue traducido al castellano como «relato» por aquellos
que consideraban que «cuento» sonaba demasiado vulgar, demasiado a abuela,
demasiado a lo que era: una mentira bien contada.
Así que importamos el envoltorio y lo
llenamos del mismo relleno de siempre. Clásico.
Porque el asunto, como bien intuyó
Gracián —ese aragonés irredento que escribió en el siglo XVII todo lo que los
consultores de comunicación creen haber inventado en el XXI—, es que nunca hubo
cuenta sin cuento ni cuento sin cuenta. Es decir: detrás de todo discurso hay
un interés, y detrás de todo interés hay un discurso que lo disimula. El poder
ha necesitado siempre una historia que lo justifique, y el pueblo, con más
frecuencia de la que es decoroso admitir, ha necesitado creerla.
Lo que ha cambiado, si acaso, es la
sofisticación del mecanismo. Antes, el rey convocaba al cronista y le pedía que
escribiera su hazaña. Hoy, el grupo mediático convoca a la tertulia y le pide
que construya el clima. El resultado es similar: vemos y oímos con los ojos y
oídos de otros. Hemos sido adiestrados —o nos hemos dejado adiestrar, que
también es una forma de colaboración— para delegar la interpretación de la
realidad en quien tiene los altavoces más grandes.
«Se vende lo mejor y lo peor, pero
sobre todo se vende el que compra.»— Gracián, puesto al día
Llegados aquí conviene abordar una
cuestión etimológica que resulta políticamente más explosiva de lo que parece:
¿por qué cuentos chinos? La expresión designa, como sabe cualquier
hispanohablante, aquello que es inverosímil, exótico en su falsedad, imposible
de verificar. Y la respuesta, lejos de ser un capricho de la lengua, tiene una
geografía y una historia.
El mérito —o la culpa— hay que
repartirlo entre Marco Polo y sus sucesores en el noble arte del viaje
fabulado. Cuando el veneciano regresó de sus andanzas orientales a finales del
siglo XIII, trajo consigo una narración tan prodigiosa —palacios de mármol,
especias que valían su peso en oro, ejércitos de elefantes— que sus
contemporáneos le pusieron el apodo de Il Milione, no por generoso,
sino porque sus cuentos parecían contarse por millones. En su lecho de muerte,
cuentan, alguien le pidió que se retractara de sus exageraciones. Él respondió que no
había contado ni la mitad de lo que había visto. Se llevó sus secretos a la tumba,
que es exactamente lo que hacen los buenos cuentistas.
Tras Polo vinieron otros muchos viajeros
que comprendieron el negocio: Europa ignoraba lo que había al otro lado del
mundo, y esa ignorancia era un mercado. Regresaban de Oriente cargados de
reliquias —cabezas de San Juan en número que habría requerido un santo
poliédrico, astillas de la Vera Cruz suficientes para reconstruir una selva
tropical—, y nadie podía desmentirles porque nadie había estado allí y se precisaba casi una vida para semejante viaje de ida y vuelta. Los
chinos, por su parte, recibían a estos mismos viajeros con sus propias
fabulaciones. Era, en definitiva, un intercambio equitativo: engaño por engaño,
cuento por cuento.
De ahí que «cuento chino» haya quedado
en la lengua como sinónimo de embuste indemostrable. Lo chino no alude a la
deshonestidad del pueblo chino —que bastante tiene con aguantar los tópicos de
los demás— sino a la distancia que imposibilitaba la verificación. Si el cuento
venía de tan lejos, ¿quién iba a comprobarlo?
En esto, la modernidad ha hecho una
aportación técnica notable: ya no hace falta que el cuento venga de China.
Basta con que venga de una pantalla suficientemente grande. La distancia que
antes proporcionaba la geografía la proporciona hoy la velocidad: los bulos
viajan más rápido que las verificaciones, y para cuando el fact-checker llega a
la escena del crimen, el cuento ya ha hecho tres vueltas al mundo y ha sido
comentado con ardor por personas que están absolutamente seguras de lo que no
saben.
Pero seamos justos —esa virtud tan poco
rentable— y no carguemos toda la responsabilidad en el poder y sus narradores.
Gracián, siempre implacable, lo dejó escrito: «malo es todo, pero la necedad
intolerable». Tenemos, en cierta medida, el relato que merecemos. Una sociedad
que prefiere la emoción a la verificación, el titular al artículo y el meme al
argumento, es una sociedad que ha firmado el contrato de la credulidad sin leer
las cláusulas. Y luego, claro, se queja de las cláusulas.
Además, y esto es quizá lo más
gracianesco del asunto, el poder sabe perfectamente que «honra y doblones no
caben en el mismo saco». Quien triunfa en la arena del relato moderno rara vez
lo hace por sus virtudes: triunfa el que va cargado, el que tiene los medios,
el que puede repetir su versión cien veces hasta que se convierte en verdad por
pura saturación. Y el que «todo lo suyo lo llevaba consigo» —el que tenía
argumentos pero no altavoces— ese se queda en el camino, con su razón intacta y
su influencia nula.
* * *
Concluiremos, pues, como conviene a un
tema tan antiguo: brevemente. Porque «lo bueno, si breve, dos veces bueno», y
«a menos palabras, menos pleitos», y «conviene dejar con hambre y no cansar»,
máximas todas, por supuesto gracianescas, que los articulistas incumplen
sistemáticamente pero que siempre invocan en el cierre para fingir virtud.
El relato es el cuento. El cuento ha
sido siempre el cuento. El poder lo cuenta, nosotros lo compramos, y luego nos
sorprendemos de haber pagado. Marco Polo mintió, los medievales le creyeron,
los asesores de comunicación lo perfeccionaron, y aquí seguimos: escuchando
cuentos chinos con nombre en inglés, pagados con impuestos o con clics, y
convencidos de que esta vez, a diferencia de todas las anteriores, nos están
contando la verdad.
¿Por qué…? “Que lo averigüe Vargas”,
decían también cuando nada había que averiguar. Pues bien, que lo averigüe
quien quiera. O, mejor: que lo haga el algoritmo de los que ahora también construyen
relatos. Aunque ese, ya, sería otro cuento.

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