Zaragoza, como cualquier urbe con dos
milenios de historia a sus espaldas, cambia de piel de forma inevitable. El
urbanismo avanza, las industrias se mudan y las generaciones se suceden. Sin
embargo, en las últimas décadas, la capital del Ebro ha sido testigo de un
fenómeno silencioso pero profundo: la sustitución de su memoria oral y familiar
por una identidad de diseño institucional, impuesta de arriba abajo desde los
despachos políticos.
El debate no es meramente ortográfico o
administrativo; toca la fibra misma de cómo se construye el recuerdo y la
identidad de los vecinos. ¿Quién tiene derecho a decidir cómo se llama el
rincón donde nos criamos? ¿El decreto de un político basado en un pergamino
medieval por motivos de oportunidad, o el habla cotidiana de cuatro
generaciones de zaragozanos?
De la Magdalena a la Madalena: El
salto temporal artificial
El caso del histórico barrio de la
Magdalena es paradigmático. Para cualquier zaragozano que ronde los sesenta
años, y para sus padres, abuelos y tatarabuelos, el barrio siempre fue, de
forma natural y cotidiana, Magdalena, con "g". Era el nombre
normativo, el escolar, el administrativo y el familiar asentado durante los
siglos XIX y XX.
Sin embargo, a partir de la Transición,
el activismo político y los movimientos aragonesistas rescataron la grafía
medieval La Madalena (sin "g"). Es cierto que los documentos
notariales de los siglos XIV y XV ya registraban esa evolución fonética del
aragonés antiguo. Pero se trataba de un eslabón perdido en la transmisión oral
de la gran mayoría de las familias del siglo XX. Al institucionalizarse el
término sin "g" desde el Ayuntamiento y los colectivos culturales, se
ejecutó una suerte de ingeniería lingüística: se dio un salto hacia atrás de
quinientos años, ignorando deliberadamente la memoria viva de los vecinos que
habitaban y daban vida al barrio en ese momento.
Del Arrabal al Rabal y la rotulación bilingüe: La mimetización de la periferia
El patrón se repite cruzando el
río. La margen izquierda, de tradición humilde, agrícola y obrera, siempre se
reconoció a sí misma como el barrio del Arrabal. El término, derivado del árabe
arrabáḍ ("fuera de muros"), tiene un arraigo histórico
incuestionable; bajo ese nombre los vecinos combatieron en los Sitios o
levantaron las industrias del siglo XX.
A finales del siglo pasado, la
reestructuración municipal de los distritos decidió bautizar la zona
oficialmente como El Rabal (con "b"). Al rescatar una variante
medieval en desuso y eliminar la "A" inicial, la burocracia no solo
rompió con la tradición oral reciente, sino que abrió la puerta a una confusión
añadida. Por mimetismo con modas políticas y otras realidades geográficas
ajenas —como el célebre Raval de Barcelona—, no es raro ver hoy el nombre
escrito incluso con "v", desdibujando por completo la verdadera raíz
histórica de la margen izquierda zaragozana.
Un ejemplo perfecto y muy reciente de
cómo estos cambios vienen siempre de arriba a abajo y no a la inversa, lo
encontramos de nuevo en este mismo distrito. El Ayuntamiento de Zaragoza, a
finales del verano de 2018, bajo el gobierno de ZeC, implementó topónimos en
aragonés junto a las tradicionales placas de las calles en barrios como El
Arrabal, colocando una doble denominación que funciona, a todos los efectos,
como una imposición de ingeniería lingüística. Por ejemplo en las calles Valle
de Oza (Carrera d'a Val d'Oza), Valle de Broto (Carrera
d'a Val de Broto) o San Juan de la Peña (Sant Chuan d'a Penya).
Medida que altera el paisaje urbano sin ningún tipo de consulta vecinal,
priorizando una visión histórica determinada sobre la memoria oral y cotidiana
de los habitantes.
El borrado de la identidad obrera: El
Barrio de la Química
Este intervencionismo de arriba abajo no
solo viaja a la Edad Media; a veces simplemente busca maquillar la realidad.
Durante gran parte del siglo XX, la zona noroeste de la ciudad fue conocida por
miles de familias como el Barrio de la Química, debido a la presencia de la
gran factoría Industrial Química de Zaragoza. Era un nombre duro, fabril, pero
auténtico: definía la vida obrera y el sacrificio de quienes allí vivían.
En los años 80, el poder municipal
consideró que el nombre tenía connotaciones negativas y contaminantes. En lugar
de asumir la historia industrial reciente, los despachos bucearon mil años
atrás para exhumar el término de La Almozara (la antigua finca de recreo
musulmana al-musara). El cambio urbanístico trajo consigo un borrado de
identidad: para los vecinos que se criaron entre las décadas de los 40 y los
70, la imposición del nuevo nombre significó la desaparición oficial del
paisaje de su juventud.
Del Parque Grande al Parque
Labordeta: El homenaje político frente a la costumbre
Un caso distinto en sus motivos, pero
idéntico en su ejecución de arriba abajo, es el del principal pulmón verde de
la ciudad. Para los zaragozanos, independientemente de que la cartelería
oficial rezara históricamente "Cabezo de Buena Vista" o "Parque
de Primo de Rivera", este espacio fue, ha sido y sigue siendo, de forma
unánime y natural, el "Parque Grande". Sin embargo, en 2010, siendo
alcalde Juan Alberto Belloch tras el entonces reciente fallecimiento del
cantautor y político, el Ayuntamiento decidió rebautizarlo oficialmente como
"Parque Grande José Antonio Labordeta". Esta medida ilustra de nuevo
esa dinámica impositiva, pero añadiendo en este caso un claro sesgo ideológico:
el homenajeado era una figura estrictamente contemporánea que militaba y
lideraba la Chunta Aragonesista (CHA), un partido aragonesista, separatista y
comunista. El poder institucional dicta así la rotulación para inmortalizar a
un referente político de una facción concreta, mientras que la memoria oral de
la calle, obstinada e inmune a los decretos, continúa llamándolo simplemente
"Parque Grande". Una vez más, el mapa oficial camina por un lado y la
voz ciudadana por el otro.
El cambio orgánico contra la
ingeniería social y la manipulación
Como tantas cosas en la vida pública, el
fondo de la cuestión radica en la dirección del cambio. Las transformaciones
más sanas y duraderas de una sociedad son aquellas que van de abajo arriba: del
pueblo al poder. Nacen de la necesidad cotidiana, del consenso implícito de la
calle y de la evolución natural de las costumbres. Es un proceso lento que
respeta la herencia de los padres.
El problema surge cuando el proceso se
invierte y se ejecuta de arriba abajo. A través de sutiles pero eficaces artes
—cambios de rotulación, mapas escolares selectivos, campañas publicitarias
institucionales y el arrinconamiento del término tradicional bajo la etiqueta
de "incorrecto"— el poder político logra moldear el entorno a su
conveniencia ideológica.
Resulta ineludible hacer una reflexión
al respecto. A las sociedades antiguas de hace siglos, aunque infinitamente
menos democráticas, les resultaba mucho más difícil manipular así a la
población. Seguramente por la falta de medios eficaces para el dominio de la
opinión pública, el ciudadano mantenía más intacto su acervo. Hoy en día, sin
embargo, gracias a los actuales medios de comunicación, se dicta una tendencia y
la población enseguida se apunta a estos cambios. En este escenario, cabe
preguntarse qué papel juegan hoy las redes sociales. A menudo criticadas,
emergen en la actualidad como posiblemente el único medio del que dispone el
pueblo para defenderse frente a la manipulación, tanto mediática como no
mediática, del poder. Y es que este tipo de cuestiones terminológicas, que a
simple vista parecen inofensivas, llevan una carga política muy fuerte en
materia de identidades y, en suma, de separatismos. Todo lo cual no hace sino
socavar al clásico estado-nación, debilitándolo frente a otras fuerzas
disgregadoras, más potentes y subrepticias.
Si la regla obligatoria para nombrar
nuestra realidad actual fuera regresar sistemáticamente a los ancestros
medievales, tendríamos que rebautizar media Zaragoza, convirtiendo la ciudad en
un parque temático historicista. Al final, imponer nombres de laboratorio sobre
la memoria viva de nuestros padres y abuelos no es recuperar la historia; es,
sencillamente, decidir qué parte de ella merece ser recordada y cuál debe ser
olvidada desde un despacho.

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