Imagen generada con IA (Gemni)
Mientras el Gobierno nos vende que somos el Wall Street del sur de Europa, la realidad nos deja una microeconomía asfixiante, casi un 30% de pobreza infantil, boletines de notas "cocinados" y una juventud que ha cambiado la hucha del cerdito por la ronda de cervezas (porque para el piso no llega).
Si uno enciende la televisión y escucha
los discursos oficiales, da la sensación de que los españoles atamos a los
perros con longaniza. Que si el PIB crece por encima de la media europea, que
si batimos récords de afiliación, que si el turismo nos baña en oro... Sobre el
papel, somos los reyes del mambo. Sin embargo, cuando uno baja a comprar el
pan, la música se apaga, se nos queda cara de idiotas y nos cagamos en los informativos.
Que nos hablen a todas horas de
macroeconomía, además ocultando el déficit y la deuda pública, mientras ignoran la economía doméstica (esa pequeña ciencia que
consiste en intentar pagar la luz y llenar la nevera al mismo tiempo) no es un
despiste inocente. Es un truco de magia deliberado. Una manipulación de manual
en la que se selecciona el dato bonito para la foto y se esconde bajo la
alfombra que a la mayoría de los ciudadanos el sueldo se les evapora antes del
día 15.
Servicios públicos, listas
"VIP", pobreza infantil y exámenes a la velocidad de la luz
Mientras la inflación nos hace sudar
frío cada vez que pasamos por la caja del supermercado, el Estado no deja de
reventar su taquilla. Y lo hace con un truco fantástico llamado
"progresividad en frío": como tu sueldo sube un poquito para compensar
los precios, pero el Gobierno no ajusta los tramos del IRPF, acabas pagando más
impuestos que antes. Ellos baten récords de recaudación y tú bates récords de
equilibrismo financiero.
Pero amigo, uno paga impuestos con gusto
si los servicios públicos van como un tiro, ¿no? Bueno, vamos a ello: en
sanidad, la lista de espera quirúrgica ha batido su propio récord histórico
negativo: más de 853.000 pacientes esperando. Con una media de 120 días de
paciencia, te da tiempo a verte cinco temporadas de tu serie favorita antes de
pisar el quirófano.
Por no hablar del dato que realmente debería sacarle los colores a cualquiera que presuma de "milagro económico" y tenga un mínimo de vergüenza torera: la pobreza infantil. Los datos oficiales del INE nos recuerdan que casi un 30 por ciento de los niños en España sobrevive en riesgo de pobreza o exclusión social. Una cifra que hiela la sangre y que demuestra que la supuesta riqueza del país se está quedando en cualquier sitio menos en las neveras de la familia.
Y hablando de niños y jóvenes, vamos con la educación. El último informe PISA nos
dejó un boletín de notas para esconder debajo de la cama, pero el premio a la
creatividad se lo llevó Cataluña. En la edición de 2018, la OCDE se dio cuenta
de que la Generalitat había, presuntamente, metido mano a los datos. Resulta
que enviaron pruebas donde los alumnos respondían a los textos de lectura más
rápido que Superman leyendo un cómic. Semejante patrón automatizado para
maquillar el descalabro obligó a Europa a cancelar la publicación de esos
resultados. Al parecer, suspender duele, pero que te pillen copiando las
estadísticas hace más pupa.
El unicornio del alquiler y el
misterio de bares y restaurantes llenos
Y llegamos a nuestro personal y particular artículo de lujo por excelencia: la vivienda. En las grandes ciudades, pagar un alquiler exige
entregar el alma a tu primogénito, y prácticamente el 100% del sueldo neto de
un joven. Emanciparse se ha convertido en un concepto mitológico, como los
unicornios o las impresoras que funcionan a la primera.
Y es aquí cuando aparece el argumento
estrella del cuñado de turno: "Pues no estaremos tan mal cuando las
terrazas de los bares están siempre a rebosar".
A este fenómeno de barra libre la
sociología lo llama "efecto pintalabios" y "gasto
fatalista" (doom spending). Las cuentas son sencillas y
desoladoras: si ahorrar 150 euros al mes viviendo a base de arroz hervido no te
va a dar para la entrada de un piso ni en el año 2080, ¿qué haces? ¿Dejar,
encima, que sea el banco –custodio de nuestro cash por imperativo legal y en
connivencia con el poder— quien lo rentabilice? Pues qué vas a hacer: tirar la toalla a corto plazo.
Esta juventud expulsada del mercado inmobiliario prefiere gastarse ese
dinerillo en una buena cena o en ocio para, básicamente, no volverse loca de
frustración.
Además, si tienes 30 años y sigues
durmiendo en tu cuarto de la adolescencia bajo un póster que pegaste en el
instituto, necesitas un salón donde socializar. Y a falta de casa propia, buena
es la mesa de la terraza de la esquina. El bar es su "Tercer Lugar".
El gran colofón: ricos en PIB, pero
endeudados hasta las cejas
Y como traca final a este festival de
optimismo oficial, llegamos al dato más sangrante de todos. Si la macroeconomía
es tan "guay", si crecemos como nadie y si el Estado recauda más
impuestos que nunca en la historia de España... ¿cómo es posible que el déficit
y la deuda pública sigan aumentando a lo bestia?
Es la paradoja definitiva. El Gobierno
nos cuenta que la economía va de lujo, pero resulta que es como ese amigo que
presume de que le han subido el sueldo y se va de mariscada, mientras te pide
prestado para pagar los intereses de la tarjeta de crédito: eso es Sánchez y el
Sanchismo. Pese a exprimir fiscalmente a la clase media y trabajadora, el
Estado sigue gastando sistemáticamente más de lo que ingresa, engordando una
bola de deuda monumental que, tarde o temprano, tendrán que pagar a escote las
próximas generaciones (esas mismas que hoy no pueden ni pagarse un piso).
Conclusión
Vender que somos la locomotora de Europa
mientras el ciudadano de a pie hace malabares para llegar a fin de mes es un
espejismo institucional. Mientras la cesta de la compra sea un lujo, la pobreza infantil siga en aumento, las
administraciones cocinen informes PISA, los jóvenes inviertan en bravas porque
los ladrillos son inalcanzables y el Estado siga fundiéndose la tarjeta de
crédito a costa de nuestro futuro, el relato oficial seguirá pareciendo una
broma... y no precisamente de las que hacen gracia.

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