sábado, 31 de octubre de 2026

URDA. La falacia del factor humano: por qué la NBA demuestra que la alta velocidad no puede depender de una inteligencia natural.

 

(Imagen generada por IA -ChatGPT)


Si ni el ser humano más seleccionado, entrenado y monitorizado del planeta puede ser infalible, resulta una temeridad diseñar un sistema ferroviario cuya última barrera de seguridad, cuando cae la tecnología, dependa de que un operario de Adif no se equivoque.


Existe una verdad matemática e incómoda que la ciencia del rendimiento deportivo ha dejado al descubierto: el ser humano, llevado a su máxima expresión de preparación y excelencia, sigue siendo estructuralmente falible. Las franquicias de la NBA invierten fortunas astronómicas en seleccionar al talento más exclusivo del globo. Sus jugadores son sometidos a entrenamientos biomecánicos, análisis estadísticos en tiempo real, preparación física de extraordinaria intensidad y un seguimiento médico permanente. Y, sin embargo, los datos históricos de la liga son implacables: el porcentaje medio de acierto en tiros de campo ronda el 47%, lo que significa que aproximadamente el 53% de esos lanzamientos no entra.

Naturalmente, un lanzamiento fallado en el baloncesto no equivale necesariamente a un error humano; la disciplina incorpora oposición física, incertidumbre y una dificultad deliberadamente creada por el adversario. Pero el dato ilustra algo mucho más elemental: incluso una destreza específica, practicada millones de veces por seres humanos excepcionalmente seleccionados y entrenados, conserva un margen inevitable de fracaso. La perfección humana tiene límites neurocognitivos. Y esa constatación debería preocuparnos de forma extrema cuando abandonamos una cancha de baloncesto y entramos en un centro de control ferroviario. El reciente accidente ocurrido en la línea de alta velocidad en Urda (Toledo) ha venido a demostrar hasta qué punto una degradación de los sistemas automáticos puede volver a colocar sobre el factor humano una responsabilidad crítica.



La gran objeción: tratar la seguridad nacional con estatus de estrella


Llegados a este punto, cualquiera podría objetar la comparación: «Al fin y al cabo, las estrellas de la NBA son figuras de un negocio multimillonario del espectáculo, no funcionarios públicos regulados». Pero es precisamente en esa réplica donde radica el núcleo del escándalo moral, político y operativo.

Cuando lo que está en juego no es un partido de baloncesto, sino la vida de miles y miles de personas cada día y la soberanía de las comunicaciones de España, ¿no debería tratarse a quienes la custodian como a verdaderas estrellas? Si para garantizar el éxito en un juego recreativo de masas se exige un nivel extraordinario de cualificación, selección, entrenamiento y monitorización, resulta difícil comprender que quienes pueden encontrarse tomando decisiones de las que dependen centenares de vidas no reciban un tratamiento profesional acorde con semejante responsabilidad. Quien tiene en sus manos la prevención de una catástrofe ferroviaria de magnitud nacional debería contar con los recursos económicos, el entrenamiento intensivo en simuladores de crisis y la consideración profesional de una auténtica élite.



1.449 euros de sueldo base para una responsabilidad de Estado


La realidad de los Centros de Regulación y Control (CRC) de Adif destapa una contradicción difícil de ignorar entre la responsabilidad atribuida a estos trabajadores y su posición económica dentro de la propia organización pública. El Factor de Circulación de Entrada de Adif corresponde al nivel salarial 4. Su tabla salarial oficial estipula un sueldo base de 1.449,37 euros brutos mensuales. Es cierto que, al añadir las pagas extraordinarias, las primas de circulación o producción y los complementos por objetivos, la retribución bruta anual de entrada se eleva como referencia por encima de los 31.900 euros. No estamos ante trabajadores que perciban literalmente 1.449 euros mensuales, pero tampoco ante una élite profesional remunerada y protegida psicológicamente de acuerdo con una supuesta obligación civil de no equivocarse jamás.

¿Qué precio real le pone el Estado a la persona que, en una situación de degradación tecnológica, debe tomar en pocos minutos decisiones de las que dependen centenares de vidas humanas que viajan a 300 kilómetros por hora?

A ello se añade una cuestión que merece ser discutida. El sistema de acceso exige conocimientos del Reglamento de Circulación Ferroviaria, pruebas psicométricas y requisitos de aptitud psicofísica. Los trabajadores reciben además formación específica y necesitan las correspondientes habilitaciones para ejercer funciones de seguridad. No estamos, por tanto, ante personas elegidas simplemente por memorizar un reglamento. La pregunta es otra: ¿selecciona y entrena el sistema, con suficiente intensidad, auténticos pilotos de tormentas: profesionales específicamente preparados para tomar decisiones críticas bajo condiciones excepcionales de estrés, saturación informativa y degradación simultánea de los sistemas automáticos? Porque conocer perfectamente el reglamento y ser capaz de aplicarlo durante una jornada normal no es exactamente lo mismo que mantener intacta la capacidad de decisión cuando varios sistemas comienzan a fallar simultáneamente y cada segundo importa.



El escenario de Urda: cuando la tecnología rabiosa nos devuelve a los pedales


El suceso de Urda ha desmontado la peligrosa complacencia según la cual la informática de última generación puede hacernos invulnerables. El pasado 28 de octubre, una grave incidencia provocó la caída del sistema de supervisión y protección LZB en el tramo afectado de la línea de alta velocidad Madrid-Sevilla. El LZB está precisamente concebido para realizar algo que ningún cerebro humano puede efectuar con idéntica continuidad: supervisar permanentemente la circulación y actuar automáticamente ante determinadas situaciones de peligro.

Al quedar fuera de servicio el LZB, la circulación sufrió una brusca regresión tecnológica: de la supervisión continua automática se pasó a un régimen degradado apoyado en señalización lateral, procedimientos reglamentarios y comunicaciones humanas. La seguridad no desapareció, pero el peso del factor humano aumentó decisivamente. Y ahí comienza la parte verdaderamente inquietante.

Un tren Iryo quedó detenido en la vía. Por detrás circulaba un AVE de Renfe. Según los datos conocidos hasta ahora, el AVE había sido autorizado a continuar bajo Bloqueo de Señalización Lateral en «marcha normal», llegando a circular a velocidades de entre 160 y 200 kilómetros por hora. Mientras tanto, el centro de control recibió la comunicación de que el Iryo permanecía detenido. Las informaciones conocidas sobre el protocolo aplicable apuntan a que el AVE debería haber avanzado en «marcha a la vista», con una velocidad máxima de 40 kilómetros por hora que permitiera detener el tren ante cualquier obstáculo. No ocurrió así. El resultado, según la cronología oficial conocida hasta ahora, fue un alcance a las 8:53 de la mañana.

La investigación técnica y judicial deberá establecer definitivamente qué ocurrió, qué procedimientos eran exactamente aplicables, qué decisiones se adoptaron y dónde se produjeron los distintos fallos. No corresponde a un artículo periodístico anticipar una sentencia. Pero existe una pregunta que puede formularse ya: ¿qué barrera independiente debía haber impedido que una decisión humana incorrecta pudiera terminar colocando a dos trenes en trayectoria de colisión?

El problema no es el operario. Esto no es un alegato contra la cualificación o el esfuerzo de los trabajadores de Adif. Es exactamente lo contrario. Un ser humano perfectamente formado, habilitado y conocedor del reglamento puede confundirse. Puede sufrir una sobrecarga cognitiva. Puede interpretar incorrectamente una información. Puede perder durante unos segundos la representación mental exacta de la posición de varios trenes. Puede recibir simultáneamente varias comunicaciones. Puede entender mal una instrucción o creer que otra persona dispone de una información que en realidad desconoce. Puede, sencillamente, equivocarse. Y no por incompetencia.

Porque la biología le impide ser un ordenador. Y ahí reside la verdadera falacia del factor humano: imaginar que podemos eliminar su falibilidad mediante más selección, más reglamentos o más presión sobre quien ocupa la silla. No podemos.



La seguridad no necesita héroes: necesita redundancia


La ingeniería de seguridad moderna —y, como metáfora intuitiva, también la estadística de la NBA— nos obliga a dejar de formular la pregunta equivocada: «¿Cómo conseguimos que este controlador ferroviario no se equivoque jamás?». La única pregunta madura para una infraestructura crítica es otra: «¿Cómo conseguimos que, cuando inevitablemente un ser humano se equivoque, su error no pueda convertirse en una catástrofe?»

Un país tecnológicamente avanzado tampoco puede aspirar a sustituir la falibilidad humana por una imaginaria infalibilidad informática. Los ordenadores fallan. Los sensores fallan. Las comunicaciones fallan. La alimentación eléctrica falla. El software falla. Urda parece precisamente una dramática demostración de que distintos fallos técnicos pueden concatenarse. Por eso la solución no consiste en sustituir la fe en el hombre por la fe en una máquina. La solución se llama redundancia.

La seguridad de España exige una arquitectura tecnológica independiente, diversificada y diseñada a prueba de fallos individuales. Si el sistema principal —LZB o ERTMS— queda fuera de servicio, deben existir barreras de respaldo capaces de mantener automáticamente condiciones seguras de circulación, evitando que un único fallo técnico o una única decisión humana puedan abrir por sí solos el camino hacia una catástrofe. Y si también falla una segunda barrera, debe existir otra. La filosofía de la seguridad no consiste en conseguir componentes infalibles. Consiste precisamente en asumir que todos pueden fallar y diseñar el sistema para que ningún fallo aislado tenga consecuencias irreversibles.



La tecnología debe protegernos también de nosotros mismos


El progreso tecnológico no consiste simplemente en colocar más pantallas delante de un operario. Consiste en diseñar sistemas capaces de impedir que nuestros errores inevitables produzcan consecuencias irreparables. Si falla el sistema automático principal, el sistema de respaldo debería mantener, en la medida técnicamente posible, una protección suficiente para impedir que dos trenes puedan encontrarse en situación de colisión.

Y si finalmente resulta necesaria la intervención humana, esa intervención debería producirse dentro de un entorno tecnológico concebido para detectar, advertir y, cuando sea técnicamente posible, bloquear una decisión incompatible con la seguridad. No para sustituir al trabajador. Para protegerlo. Y para protegernos a todos de aquello que ningún proceso selectivo, ningún examen psicométrico, ningún reglamento y ningún reconocimiento médico podrá eliminar jamás: nuestra condición humana.

La alta velocidad española no puede seguir jugándose en una ruleta rusa analógica cuando falla su primera barrera tecnológica. Si seguimos confiando en el heroísmo individual de operarios sometidos a una responsabilidad extraordinaria, en lugar de construir sistemas donde el error humano sea detectado y neutralizado por nuevas barreras independientes, estaremos pidiendo a la inteligencia natural algo que ni la ciencia ni la experiencia permiten exigirle: que no falle nunca.

Y entonces, el próximo triple fallo no será una estadística deportiva. Será otra tragedia nacional.


De Mis conversaciones contra la IA


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...