sábado, 8 de septiembre de 2012

PATIO DE LUCES (Juan Serrano)

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Los ruidos, las impertinencias de unos, el cacarear de los vecinos, el murmullo de la tele, las trifulcas de la abuela, el ir y venir de otros al escritor tregua no le daban. Así, imposible concentrarse. Cuando una idea bombillera en su cabeza brotaba, la inoportuna presencia de cualquiera espantaba las flores de su imaginación colorida.
Papi, ¿me arreglas los patines?
La casa no era muy pequeña, pero su enclave en una urbanización muy nutrida de matrimonios bullangueros, la convertía en una pajarería, a todas horas repleta de niños: los amiguitos de su hija, la cotorra del bajo, el perro del adosado, el aceite requemado de los guisos de la hurona del primero.



Por el patio de luces trepan bandos y proclamas. Cuando no es el panadero, es un espontáneo vendedor de sandías el que grita su mercancía recién cogida y sin Iva.

Marido, a ver cuando me desatrancas el fregadero.
La inspiración es posesiva, y no le gusta compartir cama con nadie. Ahora es la suegra la que le interrumpe en su escritorio:
¡Yerno, mira qué sardinas más frescas traigo de la plaza de abastos!
La escritura prefiere el tu y yo a solas. Y por la tarde, el pariente jubilado, tampoco falta ningún día.
Cuñado, hoy vengo a que me invites a un café cargado.

El escritor, harto de tanto barullo, y cansado de tanta sequedad literaria, decide pedir prestado a un amigo del Casino su chalet de la playa. Se había comprometido con los de la Asociación terminar su libro antes de que acabara el año. Coge sus ganas, su soledad tan fructífera, el diccionario, sus fichas, las notas, el portátil y sus zapatillas de fieltro. Sin ellas, su amuleto imprescindible, es un iliterato perfecto. Y se recluye, cual eremita en su cenobítico yermo, en un bungalow de la Costa Blanca.

Allí como príncipe de las letras, se instaló en el salón, frente a un gran ventanal que da a un mar fuente de vida, de leyendas y aventuras. Sin voceríos ni desorden, sin los patines de la niña por en medio. Nada de enredos perturbadores, minadores de la fecundidad y el ingenio. Tan sólo el silencio de la arena, la rica complicidad del invierno, el deambular desierto de las nubes insonoras, el sueño callado de las moreras del paseo marítimo, la suave melodía de las olas, y sus cómodas zapatillas de siempre harían el resto, le ayudarían a digerir, dar a luz su atragantada novela.


Pero no fue así. Los dedos del escritor, acostumbrados al bullicio de su casa, a las demandas de la esposa, a las pamplinas de la pequeña, no daban pie con bola en un escritorio apabullado por tranquilidad tan estéril. Una semana estuvo cruzado de pies y manos. Y como a cerda vieja sin leche, la creatividad al escritor no le venía.

Cogió por tanto, malhumorado, su petate de escriba. Y otra vez tenemos al escritor de vuelta en su cuarto del tercero, el que da al patio de luces, aquella jaula de leones de su casa.



Y, ¡milagro!, las ocurrencias espantadas en la playa, allí tan escasas, tan esquivas, no cesan ahora de venir en aluvión a la prolífica mente del escritor asombrado. Sin parar escribe dos días seguidos todo lo que el patio de luces le alumbra y dicta. Y en la paz de este alboroto, el novelista, entre gritos y jaleo, es capaz por fin de concluir el libro El ajetreo, libro por cierto que luego será premiado por la Asociación cultural La Corrala del Barrio.
 



Juan Serrano
(En el blog Blao
7 de agosto de 2012)


 
 

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