Ahí estaba Román, Román H., el pobre Román, ¡Chicolini-Chicomarx!, con su tienda de discos. Nada
se resiste a... Imedio. Es la base de
toda unión. Ahí estaba, pegando el cartelito del concierto
en la puerta, con el Heraldo y el Aragón Express del quiosco del soscheposo
Celedonio soplándole en la oreja. Y él,
el quiosquero, con el gatito fru-fru haciéndole ochos entre las
piernas. Los dos, el gatito y el
chepudo, mirándole, jodiéndole. Y yo, te
la vas a cargar, Román; la puerta, que te la vas a cargar, eso es mejor con
celo. Ya lo sé, ya lo sé pero se me ha
acabado y no quiero dejar la tienda sola. ¿No te fías de mí, eh? No, para
vender discos no, ni loco. Ah, ya, que no es porque te vaya a quitar nada sino
porque espantaría a los clientes, ¿eh?
Sí, más o menos. Pegamento Imedio, con sus especialidades para cada
caso. Además, ya lo he hecho otras veces y nada, no pasa
nada, rascas luego el cristal y listo. Pegamento
Imedio banda azul, banda roja, banda verde (dos componentes) banda blanca,
banda amarilla, plex imedio, plast imedio, goma el mago, vencekol, disolución
imedio y cinta adhesiva imedio. Y es la quinta la quinta vez que
se despega en lo que llevamos de semana, que no, que esto es mejor que el celo.
Imedio no es sólo un pegamento, es pegamento y
medio.
Incomprensible pero aquel mismo día, aquella
misma tarde, un fiera del blues daba un concierto en el Salduba: John Mayall,
nada menos que John Mayall en la Zaragoza del franquismo. ¿Quién se ha vuelto loco? Estos accidentes no eran normales, de hecho
fue el único. Y Román ahí, organizando los discos, soportando estoica-mente,
sosteniendo, sujetando la situación, en
su tienda menguada por el quiosco de Celedoniososcheposo,
el jorobado encorbatado del gatito negro frufrú que hace ochos, frufrú, entre sus piernas o le pega
buenos lengüetazos al plato de leche, plas-plas-plas. Algún día le daré dos ostias bien dadas. Y yo tan feliz, sin enterarme de nada, los
auriculares a toda pastilla. Anda, lo
último del Clapton. Al scherif, Hay que
matar al Scherif, yes, yes,
yes. Buena, buena versión del tema (ahora se dice tema) del tema del jamaicano, el
rastafari aquel del que todo el mundo hablaba pero nadie conocía. Y qué
voz, qué voz la de la Elliman, ¿eh?, la vietnamita esa con aquellos ojos que me
recordaban a los de Zenaida, pero ni de lejos, más quisiera la Magdalena esa de
Jesus Christ Superstar. ¿Has oído, has oído ésta, Román? ¿Cuál? La del
Sheriff, Hay que matar al Sheriff. ¿Al Sheriff?
Al cabrón ese del cheposo, a ese hay que matar, nos ha jodido, y al
ayuntamiento en pleno. Y yo cambiaba de tercio, no se fuera a esca-par alguna
bala perdida que me diera a mí. Pero
enseguida, hmmm, lo que yo esperaba, el milagro de cada día: Zenaida,
que para eso iba yo a la tienda, para qué si no, ¿para oír al Clapton? Ni de
coña: Zenaida, Zenaida era lo único que me importaba. Sabía, conocía todos sus
movimientos y la hora exacta en que la chinita aparecía por allí, momento en el
que yo me plantaba en el mostrador, a lo plastafari y con un chicle en
la boca para alejar el espectro del pánico con motín de esfínteres,
masticándolo ostensiblemente, siguiendo el ritmo del Clapton, la cabeza muerta
abandonada al ritmo espasmódico del cuerpo, los brazos sueltos también, libres,
como Lucinda en el Suprema con el Joe Cocker a la sinfonola (mad dogs
& englishmen). Y los ojos
cerrados, como Lucinda también, pero con un resquicillo entre los párpados para
observar el efecto de tal guisa en Zenaida. Esperando que no se me notara el
temblar de las otras extremidades, las piernas, bueno siempre podría parecer
una pose estudiada de electrocutado.
Todo un poema. ¿Zenaida? Anda, qué
casualidad, tú por aquí, qué, ¿has visto, has visto? por fin tenemos nuevo
álbum del Clapton. Anda calla, calla, que no sabes cómo andan todos con lo de
doña Laura, hace un momento he visto a Adolfo, Zenaida le llamaba Adolfo, a secas, sin don; menuda cara llevaba,
iba a la comisaría, por lo visto tiene que declarar, que anda que no le ha
venido bien ni nada al Irascible todo esto, al menos eso dicen, y que ya nos podemos preparar, todos, todo el
barrio, que con lo de doña Laura se abre la veda, eso, eso están diciendo por
ahí. Y Román, pretendiendo distraer a
Zenaida, bueno hija, tranquila, a nosotros qué nos importa, tú, tranquila, a tu
marcha, nosotros a nuestra marcha. ¿A
nuestra marcha? Si la gentuza esa... Y
yo la interrumpí; atizado por la mirada que me lanzaba Román, le pasaba la
carpeta del Clapton a Zenaida como si fuera diseño mío, sí como esos que te
mandan una postal y se piensan que la foto la han hecho ellos, igual. ¿Has visto, Zenaida, has visto que distinto
está el Clapton, con el pelo rapado y esa barba corta?, también yo me voy a
dejar una barba así... ¿sabes? Y mastico
el chiclet con más fuerza, como los americanos, como el negro aquel del
Stork-club que magreaba a la Momi, la madre de la Charito Rosales, antes de que
se liara con el Bártol, a media luz pero delante de todos, igual. ¿Y el pelo?, por fin, por fin la voz de
Zenaida, otra vez la voz de Zenaida, voces
de Zenaida. ¿Y el pelo? ¿Y el pelo, ha dicho? Pero qué dice, qué
está diciendo: el pelo; qué Zenaida, qué dices del pelo, que si también te lo
vas a cortar así. ¡¡Horreur!! Mi
melena como natural, como abandonada;
que tanto tiempo de no-peluquería me había costado, pues figúrate: desde
que abandoné a los curas... hombre,
Zenaida, por Dios, el pelo, el pelo...
Pues estarías mejor, seguro, esos pelos que llevas, esos pelos... a los hombres no os favorecen nada. Dejo de mascar de golpe y por poco me trago
el chicle. ¿Que no nos favorece el pelo largo... ? Y, bueno, que sí, que ya ha
oído el LP y que le gusta, pero que tampoco es para tanto. Que es mucho mejor
otro que ha sacado al mismo tiempo, el de blues: “I was here”. El inglés,
pienso, ¡ya estamos aquí! Cómo lo ha
pronunciado: ay güás jiére... ¡táma ya!. No sabe inglés, casi nadie sabemos, pero
tiene más idea que yo, está claro. Será
por los discos. Intento reponerme y
vuelvo a masticar el chiclet ostensiblemente:
¡Ah! Ya, sí, ay güás jiére, lo
he oído... ―mentira―. Pero éste, el del Scheriff tampoco está nada mal, ¿eh,
Zenaida?, que no sólo de blues vive el hombre, ¿eh? ¿eh? Y nos reímos los dos,
pero yo con risa estúpida y temblorosa porque la chinita me vuelve loco. Como Román me miraba satisfecho, aprovecho el
lance: oye, Zenaida, y digo yo que... y digo yo que por qué no te vienes al
concierto, es pronto, a las siete, míralo, a las siete, y señalo el cartelito
de la entrada el pegado con imedio que casi oculta el Aragón Express del
cabrón del quiosco. Román me mata con la
mirada pero no tiene salida, como yo, tampoco yo tengo salida porque ahora todo
depende de Zenaida, de la voluntad de Zenaida.
Y Zenaida dijo sí y apareció con unos levis strauss
claros de pana, bien ajustaditos, y un lacoste azul marino.
Y allí nos presentamos, a las cinco en punto, dos horas antes, con todo el
calor del mundo. Todo para los dos, para
Zenaida y para mí. Los primeros o los
quintos, que había que coger buen sitio. Y ¿eso? Qué va a ser, Zenaida, una cámara de fotos,
de Bernardo, de tu tío, la he cogido en el estudio. Y masco chiclet haciéndome el interesantico.
Hombre, eso ya lo veo, ya veo que es una cámara de fotos, pero ¿para qué la has
traído? Joer, pues pa ver si cazo al
Mayall; bueno y, ya que preguntas, click, foto que te pego querida Zeni...
apunté hacia ella, enfoqué y, toma ya, la primera. Ahí queda eso. Qué guapa, pero qué guapa ha
tenido que salir, y con qué sonrisa...
Zenaida era seria, seriecita y eso me gustaba, y me di cuenta de ello
arriba, en la torre-faro de muestras, yo la miraba a ella y ella al Gol de
Jerusalén. Seria, sí, que una mujer
seria esconde más, como que tiene más misterio.
No como otras que es como si las tuvieras siempre desnudas y a tu
disposición, esas juerguistas y dicharacheras,
como la Charito Rosales, pongamos por caso. Claro que con la sonrisa de Zenaida me moría
también, interesante por excepcional. Zenaida estaba impresionante de cualquier
forma, con cualquier gesto. Cualquier
movimiento facial era un regalo divino. Todo le sentaba bien, la cosa más
horrible parecía hermosa junto a ella, con ella, sobre ella, bajo ella. Incluso... ¿yo? Clic, toma ya, la
segunda; qué tontaina eres, hijo. Y por poco se me cae la cámara al
enfundarla. El Salduba era el
polideportivo del parque, estaba en lo más hondo, a la orilla del Huerva. Era el cielo, desde aquel día el Salduba fue
para mí un trocito de cielo como la torre-faro de la feria de muestras. Zenaida
y yo juntos toda la tarde, ¡toda!
Zenaida y yo solos, bueno con
tres mil personas más pero ¿no dijo alguien que la soledad donde más claramente
se palpa es entre multitudes?. Me
gustaba el Mayall claro que me gustaba, pero aquella tarde lo que menos me
importaba era él. Sólo Zenaida, Zenaida y nadie más, bueno, Zenaida y yo. How can I tell you that I love you, I love
you, But I can’t think of right words to say.
¿No
hemos venido muy pronto? Media hora y aún no habían abierto. Y, de repente, por arriba, por el
parque, aparece un wolkswagen, un escarabajo de esos de colores chillones,
con flowers, peace & love.
Hippie total. Para y surgen de él
unos melenudos zarrapastrosos. Estos sí que eran de verdad, y no de cartón
piedra como el Sito y la Luci.
Extranjeros, sí, no había duda; que, además, uno era negro. Venían hacia
nosotros, hacia la fila de cuatro, junto a la entrada, a mí que me registren
que no he hecho nada. Uno rubio,
chupado y desgarbado, con una pierna enyesada, nos saludó, hello. Contestamos todos, yo, tímidamente, también, hello. Técnicos, seguro. Y en la cola una voz, coño, pero que es él,
coño, el de la pierna, que es John Mayall.
Sí, es cierto, parece John Mayall, pero imposible. Las estrellas no van así por
la vida, claro que ¿quién de los de allí había visto alguna vez a una
estrella? A mí que me registren, ¿eh,
Zenaida? A mí solo me importaba mi
chica, my baby, clic, tóma,
y van tres, ¡John Mayall, por aquí, pasando ante nuestras mismísimas
narices! No si parecerse se parecía, era
clavado al de las carpetas de los discos pero, anda ya, cómo va a ser el Mayall
en persona, así, delante de nuestras narices.
Y qué coño, a mí qué me importa, que yo sólo estoy atento a mi chica, a
su carita de niña, baby face, que por cierto, sí, ella sí parecía
impresionada, ¿sería de verdad el Mayall?
Sí, con la pierna escayolada, seguro, anda ya. En
todo caso también yo me quedé un momento sin masticar con cara de idiota, más
aún si cabe. Miré de reojo a Zenaida, por si me había oído el hello
aquel bajito y tembloroso, por si había notado mi debilidad y volví a mascar
chicle con fuerza como si me
hubiera limitado fríamente a ser cortés
con el extranjero aquel. Los hippies
melenudos y extranjeros golpearon la puerta, se abrió y desaparecieron. Que sí,
decía uno, que era John Mayall. ¿Con la pierna escayolada? ¿Y va a actuar con la pierna escayolada, eh,
con lo señoritos que son estos tíos y la pasta que tienen? Podías haberle
sacado una foto. Qué coño, Zenaida, que no, que no era John Mayall, para qué
voy a desperdiciar carrete con un cojo zarrapastroso. Aunque no lo fuera,
aunque no fuera John Mayall los tipos esos son muy curiosos, te hubiera quedado
bien. A ver, Zenaida, a ver que me
aclare, ¿no decías que los pelos largos no nos sientan bien a los hombres?
Perdona pero no te estoy hablando de tíos guapos sino de una fotografía
distinta, interesante. Sí, claro, es
verdad, tenía razón, Zenaida siempre tiene razón. Entiendo, entiendo, dije en
alto; y, hala, otra vez a darle al chicle, pero de paso, clic, venga, la
cuarta, por hablar y, encima, tener razón.
Abrieron casi a las seis y nos hicimos con
dos sillas en la primera fila. Buen recibimiento, nos dieron un folleto con la
fotografía del Mayall, pues sí que se parece al rubio zarrapastroso aquel, y
una nota biográfica de los miembros de la banda. La fotografía era la misma del cartelito de
la tienda de Román y de los muchos pósters que había colgados por el escenario
detrás de los amplificadores. Había
merecido la pena esperar, ¿lo ves, Zenaida?, tú hazme caso. Seguí haciendo el
mono toda la tarde y Zenaida riéndose. El Ruso, que liga mucho, me dijo una vez
que si uno es gracioso lleva mucho ganado, pero hay que ser gracioso, ¿eh? Que
eso no es fácil y, si fallas, el efecto es justo el contrario: la vergüenza más
atroz. Y, sin cansar, ¿eh?, que ya lo decía Gracián: hay que dejar siempre
con ganas. Bueno, yo seguía haciendo el payaso y no parecía ir mal la cosa.
El pabellón se llenó, la banda comenzó con mucha marcha las primeras notas de
lo que acabaría siendo el Crocodile walk y anunciaron al Mayall. Y allí apareció la estrella, por fin, sin
ningún glamour, que el hombre este es un tío sencillo; y, por supuesto, con la pierna escayolada. ¡Era él!
Sí, decíamos, era él. Y nos
rompíamos de risa. ¿Lo ves? La
fotografía que te has perdido. Y aquí ni se te ocurra disparar que nos
detendrán. OK, Zenaida. Volvía a tener
razón, el pabellón estaba plagado de grises.
Y el Mayall, a pesar de su
cojera seguía su marcha, so many roads, so many trains to ride, I've got to
find my baby, 'fore I'll be satisfied. Yo
ya tenía a mi chica, aquí, cerquita de mí y me pasé el concierto mirándola a
ella; mis manos baquetas, mis piernas batería completa, all drums,
siguiendo el ritmo mascando chiclet, sin quitar el ojo a Zenaida, ¿qué, te gusta? ¿te gusta,
eh, Zenaida? Qué sí, hombre, que sí, ¿qué miras? No, no, nada, que me lo estoy
pasando pipa, Zenaida. ¿Qué haría, qué
podría hacer yo para impresionarla, para que me admirara, para ser el héroe de
su vida, el Zorro, el Tulipán Negro, Tarzán... el hombre, el hombre de su
vida? Y el concierto in crescendo
hasta la apoteosis final, Room to move, el pabellón entero bailando,
todos encima de las sillas, Zenaida y yo de la mano. Hasta de la cintura la cogí en uno de los
lances. ¡Bestial! La cintura de Zenaida. Su cabecita pegada a
la mía, su piel y su cabello perfumados, ¿qué colonia llevas? Mirurgia,
normalita. ¿Normalita? En la piel de
otra. Qué tonto, qué tonto te
pones. Concluyó, Room to move puso fin a los dos bises
y pedíamos más, todos queríamos más.
Pero no, en lugar de más bises hubo más grises, el concierto se acabó, se abrieron las dos
únicas puertas del recinto, a nuestra espalda, frente al escenario y como la
gente, sobre todo la que estaba en las gradas de los lados no se movía,
subieron ellos, los grises, y se liaron a porrazos. Yo preocupado por Zenaida
porque desde el interior echaban a la gente a palos y en las salidas los
despedían con más porrazos. Aquello era
una ratonera, no había salida ni hacia atrás ni al frente. Zenaida se asustó
algo, aunque era muy valiente. Y ahora qué, me dije. Si no nos movemos, mal, nos sacudirán los de
dentro; si salimos, se pondrán morados los de la puerta, los grises, míralos,
mira qué cabrones, están disfrutando. Los abucheos disminuían porque cada vez
había menos gente. Y yo: Zenaida, tú aquí, aquí, conmigo. No sé por qué decía eso, no tenía ni la menor
idea de cómo salir de allí. Eché mi mano
sobre su hombro, con decisión, porque cuando estamos con alguien a quien
creemos más débil que nosotros nos sentimos más fuertes. No dijo nada. Me
encantaba la falsa sensación de que fuera mía. En realidad tampoco parecía
asustada, al menos muy asustada. Es valiente, sí, es la ostia. Nos acercamos con cuidado hacia la puerta de
la derecha, parecía que allí había más gente y entre la multitud algún golpe
nos ahorraríamos, bueno, más bien me lo ahorraría yo porque lo que tenía claro
era que, al salir, mi cuerpo sería coraza y escudo del suyo. Entre las dos puertas estaba el bar, un
simulacro de barra, casi sin gente. Los
grises seguían machacando con fuerza, ya todos en las puertas, los de dentro se
habían limitado a que la gente dejara las localidades. De los pocos que
quedaban, alguno todavía se atrevía a abuchearles. Fue lo primero que vi, lo primero que vimos,
parecido a una manifestación, la primera, el primer acto de repulsa, repulsa y
violencia, de los muchos que nos esperaban en los años venideros. Se me encendió una luz. Yo veía que, en la barra del bar, entre ambas
puertas, había tres o cuatro señores tan tranquilos, tan felices. Vamos a ver, pensé, si en lugar de salir nos
acercarnos hasta allí, hasta la barra, y pedimos algo de beber, no sé un par de
cañas, y nos plantamos como quien no quiere la cosa y, sobre todo, si no
pagamos hasta que no las hayamos bebido...
no sé, pero si viniera alguno de esos malditos grises a echarnos, los
del bar nos protegerían, digo yo, aunque sólo fuera por cobrarse las cañas; y
si no, los tíos esos que están allí, tan tranquilos en la barra..., seguro que
no han pagado; bueno quizá sean de la organización, seguro, tan mayores... No sé, además, están echando a la gente que
se niega a salir, pero uno que se está tomando algo se está tomando algo, está
claro; no es que se niegue a salir, simplemente es que se está echando una
cerveza.
Lo intenté. Cuando ya estábamos cerca de la
puerta de la derecha, con los grises zumbando a diestro y siniestro, tomé a
Zenaida de la mano y de un tirón nos plantamos en la barra, entre las dos
salidas. ¿Una caña, Zenaida? Y ella, gratamente sorprendida, conteniéndose la
risa: mejor una cocacola. Y, yo, al camarero, mascando chiclet y encendiéndome
un cigarrillo: a ver, una cocacola y una caña, ¿de grifo?, sí, la caña de
grifo. Le guiñé un ojo, cerveza en la derecha, cigarrico en la izquierda,
chiclet entre los dientes... y respiré tranquilo porque... when something is wrong with my baby something is wrong is me, lo juro, cielo.
Todo fue mejor de lo esperado, no me había
terminado el cigarrillo y las puertas se cerraron, los grises tras ellas y
nosotros, ya totalmente a salvo, en el interior; Zenaida con su cocacola,
yo con mi caña. El pabellón vacío, salvo los de la organización, técnicos,
operarios y algunos periodistas. Los técnicos, todos melenudos, extranjeros y
con vaqueros raídos, sí señor. Pagué
tranquilamente, Zenaida hizo mención de salir, pero la volví a tomar por el
hombro, one moment baby, please.
Me acerqué, nos acercamos al escenario y le pedí a uno de los que había
por allí un póster, thank you, sire, toma, Zenaida, para ti, un recuerdo
del concierto, son simpáticos estos extranjeros melenudos y zarrapastrosos a
quien no hay dios que los entienda porque
hablan un inglés muy raro. No
llamábamos la atención, los técnicos se pensarían que éramos de la
organización, los de la organización que éramos hijos de algún pez gordo, que
en aquellos tiempos, como en estos, en los anteriores y en los por venir todos
eran, son y serán mandamases, jefes, líderes, dueños, amos... Nos metimos como si nada en los vestuarios,
con la misma normalidad que deambulaban los demás. Y allí, allí estaban todos,
los periodistas locales y los músicos recogiendo sus bártulos. A John Mayall lo
entrevistaba Plácido Serrano, el de la radio, Alrededor del reloj era su
programa. Me metí en medio, sin contemplaciones. Con una mujer guapa uno puede meterse donde
quiera. Y le largué al Mayall el
folleto que nos habían dado a la entrada, for Zenaida, please, ZE-NAI-DA,
tres sílabas como tres alondras que escapan de la noche... Y mientras firmaba el autógrafo, en medio de
la entrevista, clic. Y van
veinticinco contando esta, esta en la que aparece el Mayall con Zenaida, por
cierto mirándola con... no sé, no sé, algún día la romperé; con esta, digo, van
veinticinco. OK, thank you, thank you
very much, mister Mayall, que quiere decir: bien, gracias, muchas gracias,
señor Mayall.
De "La ciudad sin faro"
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