martes, 25 de agosto de 2026

ESCOLAPIOS. Los pupitres de madera que no logré olvidar.

Imagen generada con IA (Gemini)

Tengo ya una edad en la que uno empieza a hacer algo así como el inventario de su propia vida, y había una cuenta que no me terminaba de cuadrar: la de mis años en Escolapios. Entré con ocho años, en mil novecientos sesenta y cinco, y salí en el setenta y dos con la sensación, muy propia de esa edad, de que me habían tenido encerrado demasiado tiempo. Harto de sotanas, de rezos obligados, de un orden que a los catorce años se me antojó ya asfixiante, juré que en cuanto cruzara aquella puerta nunca más volvería a mirar atrás.

Y durante mucho tiempo cumplí mi promesa. Acabé como un agnóstico consciente y reflexivo, como tantos de mi generación, y miré con cierta distancia irónica todo lo que oliera a incienso. Pero la vida tiene estas cosas: cuanto más se aleja uno de un sitio, más claro ve, a veces, lo que ese sitio le dio. Con razón decía Ortega —al que leí en COU, ya fuera del colegio— que la verdad es intrínsecamente perspectiva. Hoy, con los años ya vividos, no puedo hablar de mi paso por Escolapios sin una mezcla extraña de gratitud y ternura que, en la pubertad, jamás imaginé que podría sentir.

 

Un cura aragonés al que no le importaban los palacios

Hace poco leí algo sobre José de Calasanz, el fundador de aquella orden que me educó, y sentí que por fin entendía de dónde venía todo aquello que tanto me sacaba de quicio de adolescente. Aquel sacerdote no se dedicó a escribir tratados en un despacho: se plantó en el Trastevere romano, a finales del siglo XVI, y abrió una escuela gratuita para los hijos de nadie, mientras media Europa discutía de teología y de fronteras sin mirar a los niños que se pudrían en la calle. En 1597 fundó en Santa Dorotea la primera escuela pública, popular y del todo gratuita del continente. Un gesto humilde que, visto con perspectiva, fue una de las revoluciones más silenciosas de Occidente.

Nadie me lo contó así cuando era alumno, claro, y eso que nos hablaron mucho y bien de nuestro fundador. Pero a esa edad uno solo ve normas, horarios y un cura estricto que te castiga, a veces de modo injusto. Hace falta distancia para ver el edificio entero, el verdadero trasfondo de la historia.

 

Lo que aprendí demasiado tarde a valorar

Ya en el bachillerato superior seglar y en la universidad, lejos de curas y reglamentos, empecé a tratar a compañeros que venían de Jesuitas. Y ahí tuve que tragarme más de un orgullo. Intelectualmente iban un paso por delante: mejor preparados, más agudos en el debate, con esa solidez académica que solo da un método pensado durante siglos para formar a quienes iban a dirigir el mundo. Los Jesuitas educan mentes, y las educan bien; eso no lo voy a negar aunque me cueste.

Pero pasaron los años, se hicieron amistades, se compartieron fracasos y algún que otro entierro, y ahí fue donde noté la diferencia que de joven no supe ver. Había en mí —y en los pocos compañeros escolapios que fui encontrando por el camino— una manera de tratar al otro, de ponerse en su lugar, de no mirar a nadie por encima del hombro, que no era tan frecuente entre quienes habían salido de una formación más orientada al liderazgo y la excelencia.

Calasanz no soñaba con formar élites, sino con salvar a los últimos. Quería maestros que miraran al alumno con la ternura de un padre, no con la exigencia de un examinador. Y esa pedagogía del afecto, que de niño me parecía casi blanda, terminó siendo el suelo firme sobre el que, sin darme cuenta, había construido buena parte de mi manera de estar en el mundo.

 

Ya no rezo, pero no reniego

Ahora piso menos la iglesia. Mi relación con la fe acabó hace décadas en un agnosticismo tranquilo, sin dramas: simplemente no gozo de tal beneficio. Pero la respeto profundamente, y hasta puedo admirarla. Distingo bien la fe de la huella humana, una huella que hoy reconozco sin complejos. Ya no son las misas las que me acompañan, sino aquella insistencia terca en la caridad, una palabra antigua que hoy preferimos maquillar como solidaridad, pero que en el fondo encierra la misma urgencia.

Aquel cura aragonés entendió, siglo y medio antes de que Rousseau o Voltaire se pusieran a teorizar sobre la instrucción del pueblo, que la ignorancia era la verdadera cárcel de los pobres, y se dedicó a abrir puertas en vez de escribir manifiestos. Y bajo ese mismo sello, unas décadas más tarde, en 1829, una mujer llamada Paula Montal entendió que la revolución calasancia se quedaba coja si no incluía a las niñas. En Figueras, plantó cara a la discriminación de su época y fundó las Madres Escolapias, obsesionada con darles a ellas la misma llave que ya tenían los varones: el acceso gratuito a la gramática, las matemáticas, las ciencias y las humanidades.

Salí de Escolapios queriendo dar un portazo. Pero hoy, ya de mayor, sin fe pero con memoria y sensibilidad, solo puedo decir que aquellos pupitres de madera me formaron como mejor persona de lo que entonces fui capaz de vislumbrar y agradecer.



De Mis conversaciones con la IA


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...