Imagen generada con IA (Gemini)
Tengo ya una edad en la que uno empieza
a hacer algo así como el inventario de su propia vida, y había una cuenta que
no me terminaba de cuadrar: la de mis años en Escolapios. Entré con ocho años,
en mil novecientos sesenta y cinco, y salí en el setenta y dos con la sensación, muy propia de esa edad,
de que me habían tenido encerrado demasiado tiempo. Harto de sotanas, de rezos
obligados, de un orden que a los catorce años se me antojó ya asfixiante, juré
que en cuanto cruzara aquella puerta nunca más volvería a mirar atrás.
Y durante mucho tiempo cumplí mi
promesa. Acabé como un agnóstico consciente y reflexivo, como tantos de mi
generación, y miré con cierta distancia irónica todo lo que oliera a incienso.
Pero la vida tiene estas cosas: cuanto más se aleja uno de un sitio, más claro
ve, a veces, lo que ese sitio le dio. Con razón decía Ortega —al que leí en
COU, ya fuera del colegio— que la verdad es intrínsecamente perspectiva. Hoy,
con los años ya vividos, no puedo hablar de mi paso por Escolapios sin una
mezcla extraña de gratitud y ternura que, en la pubertad, jamás imaginé que
podría sentir.
Un cura aragonés al que no le
importaban los palacios
Hace poco leí algo sobre José de
Calasanz, el fundador de aquella orden que me educó, y sentí que por fin
entendía de dónde venía todo aquello que tanto me sacaba de quicio de
adolescente. Aquel sacerdote no se dedicó a escribir tratados en un despacho: se
plantó en el Trastevere romano, a finales del siglo XVI, y abrió una escuela
gratuita para los hijos de nadie, mientras media Europa discutía de teología y
de fronteras sin mirar a los niños que se pudrían en la calle. En 1597 fundó en
Santa Dorotea la primera escuela pública, popular y del todo gratuita del
continente. Un gesto humilde que, visto con perspectiva, fue una de las
revoluciones más silenciosas de Occidente.
Nadie me lo contó así cuando era alumno,
claro, y eso que nos hablaron mucho y bien de nuestro fundador. Pero a esa edad
uno solo ve normas, horarios y un cura estricto que te castiga, a veces de modo
injusto. Hace falta distancia para ver el edificio entero, el verdadero
trasfondo de la historia.
Lo que aprendí demasiado tarde a
valorar
Ya en el bachillerato superior seglar y
en la universidad, lejos de curas y reglamentos, empecé a tratar a compañeros
que venían de Jesuitas. Y ahí tuve que tragarme más de un orgullo.
Intelectualmente iban un paso por delante: mejor preparados, más agudos en el
debate, con esa solidez académica que solo da un método pensado durante siglos
para formar a quienes iban a dirigir el mundo. Los Jesuitas educan mentes, y
las educan bien; eso no lo voy a negar aunque me cueste.
Pero pasaron los años, se hicieron
amistades, se compartieron fracasos y algún que otro entierro, y ahí fue donde
noté la diferencia que de joven no supe ver. Había en mí —y en los pocos
compañeros escolapios que fui encontrando por el camino— una manera de tratar
al otro, de ponerse en su lugar, de no mirar a nadie por encima del hombro, que
no era tan frecuente entre quienes habían salido de una formación más orientada
al liderazgo y la excelencia.
Calasanz no soñaba con formar élites,
sino con salvar a los últimos. Quería maestros que miraran al alumno con la
ternura de un padre, no con la exigencia de un examinador. Y esa pedagogía del
afecto, que de niño me parecía casi blanda, terminó siendo el suelo firme sobre
el que, sin darme cuenta, había construido buena parte de mi manera de estar en
el mundo.
Ya no rezo, pero no reniego
Ahora piso menos la iglesia. Mi relación
con la fe acabó hace décadas en un agnosticismo tranquilo, sin dramas:
simplemente no gozo de tal beneficio. Pero la respeto profundamente, y hasta
puedo admirarla. Distingo bien la fe de la huella humana, una huella que hoy
reconozco sin complejos. Ya no son las misas las que me acompañan, sino aquella
insistencia terca en la caridad, una palabra antigua que hoy preferimos
maquillar como solidaridad, pero que en el fondo encierra la misma urgencia.
Aquel cura aragonés entendió, siglo y
medio antes de que Rousseau o Voltaire se pusieran a teorizar sobre la
instrucción del pueblo, que la ignorancia era la verdadera cárcel de los
pobres, y se dedicó a abrir puertas en vez de escribir manifiestos. Y bajo ese
mismo sello, unas décadas más tarde, en 1829, una mujer llamada Paula Montal
entendió que la revolución calasancia se quedaba coja si no incluía a las
niñas. En Figueras, plantó cara a la discriminación de su época y fundó las
Madres Escolapias, obsesionada con darles a ellas la misma llave que ya tenían
los varones: el acceso gratuito a la gramática, las matemáticas, las ciencias y
las humanidades.
Salí de Escolapios queriendo dar un
portazo. Pero hoy, ya de mayor, sin fe pero con memoria y sensibilidad, solo
puedo decir que aquellos pupitres de madera me formaron como mejor persona de
lo que entonces fui capaz de vislumbrar y agradecer.

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