sábado, 19 de septiembre de 2026

No hay moros en la costa: Crónica histórica de un alivio marítimo y una tensión perpetua


Imagen generada con IA (ChatGPT)

El reflejo de la historia en el lenguaje y las costumbres suele ser mucho más afilado de lo que la nostalgia nos permite admitir. Detrás de expresiones cotidianas como la conocida frase de aviso marinero, o de tradiciones aparentemente inocentes, se esconde un mapa de tensiones religiosas y geopolíticas que modeló la vida en la península ibérica durante siglos, por más que algunos se empeñen en convencernos de lo contrario. Y es que la idea romántica de un territorio donde los pueblos compartían pacíficamente sus saberes se desvanece, muy a nuestro pesar, cuando se analiza la arquitectura de las ciudades antiguas y los sutiles insultos cotidianos que unos grupos lanzaban contra otros.
El pánico que gobernaba el litoral mediterráneo español entre los siglos XV y XVIII dejó una huella profunda en el habla. Las playas del levante y de Andalucía eran un escenario de peligro constante debido a las veloces incursiones de los piratas berberiscos y las armadas del Imperio Otomano, que desembarcaban con el único fin de saquear poblaciones y capturar prisioneros cristianos para venderlos en los mercados de esclavos del norte de África. La monarquía hispánica respondió levantando una inmensa red de torres de vigilancia a lo largo de los acantalados. Los vigías pasaban los días escrutando el horizonte marino; cuando divisaban las velas enemigas, daban la alarma con hogueras y campanas al grito de «¡Hay moros en la costa!», una advertencia de vida o muerte que, al dar paso a la calma y el horizonte limpio, se transformaba en el alivio de saber que no había moros en la costa.
Esta alerta permanente no respondía solo a un enemigo lejano, sino a una profunda desconfianza hacia la población morisca que vivía dentro de los propios reinos cristianos. Obligados a convertirse al catolicismo, la mayoría de los moriscos mantenían su fe islámica y sus costumbres tradiciones en la más estricta intimidad, recurriendo a la simulación para proteger sus vidas de la Inquisición. Aunque entonces no se hablaba de guerra híbrida, el temor de la Corona de que esta población actuara como una colaboración interna de los piratas africanos demostró tener fundamentos reales en numerosos episodios de espionaje costero y en la violenta rebelión de las Alpujarras, donde los sublevados recibieron armas y soldados de los sultanes del norte. Este clima de sospecha culminó en la expulsión definitiva de 1609 decretada por Felipe III, aunque la frase sobre los moros en la costa siguió siendo literal durante décadas, pues muchos de los desterrados se unieron a las flotas corsarias para atacar las tierras que tan bien conocían.
Esa misma hostilidad latente se filtró en las costumbres domésticas de una manera muy sutil y despectiva a través de las mascotas. Durante generaciones, en el mundo cristiano ibérico se popularizó la costumbre de llamar Sultán a los perros, especialmente a los de guardia, pastoreo o aquellos destinados a tareas más rudas. Lejos de ser un homenaje a la majestuosidad de la palabra árabe, que designa a un gobernante con máxima autoridad, este bautizo era un acto deliberado de desprecio político y religioso. En el imaginario cristiano, el sultán de Constantinopla o de Marruecos era el archienemigo de la fe y el causante de sangrientas batallas. Ponerle su título más alto al animal de compañía (que en aquella época no se veía como un miembro de la familia, sino como una bestia de trabajo subordinada al hombre) era una forma cotidiana de humillar al enemigo, sometiendo simbólicamente al gran líder del Islam a las órdenes de un amo cristiano.
Esta guerra de insultos y menosprecios cotidianos cruzaba las fronteras religiosas en todas las direcciones. Para los musulmanes, el perro era, además, un animal considerado ritualmente impuro según las interpretaciones más estrictas de la jurisprudencia islámica, por lo que asimilar al líder enemigo con un can añadía una capa extra de humillación. Desde el lado islámico, la réplica hacia el mundo cristiano utilizaba también sus propios códigos: los cristianos eran tildados despectivamente de idólatras debido al culto que rendían a las imágenes, las pinturas y las tallas de los santos, una práctica que el Corán prohíbe de forma tajante. En el lenguaje cotidiano, referirse a los cristianos simplemente como "los infieles" o usar analogías que los comparaban con animales de carga o cerdos (un animal estrictamente prohibido en su dieta) era el equivalente al desprecio del perro Sultán.
Por su parte, la comunidad judía, atrapada secularmente entre los dos gigantes religiosos y forzada a la marginalidad tanto en suelo cristiano como musulmán, desarrolló también sus propios mecanismos de resistencia cultural y lingüística. En el ámbito privado, los judíos se referían a los cristianos con términos que evocaban la idolatría o los asociaban con Edom, el enemigo bíblico tradicional, mientras que a los musulmanes los vinculaban con Ismael. Era una forma de mantener el orgullo identitario y marcar distancias frente a unos vecinos que los rechazaban de forma abierta en una lengua íntima que, tras el exilio, daría vida al idioma ladino.
Toda esta tensión diaria explica por qué el mito de la armoniosa convivencia medieval carece de sustento real. Las ciudades de la época no se diseñaron para la integración, sino para una estricta segregación física. El grupo que ostentaba el poder militar y político ocupaba siempre el corazón fortificado de la ciudad, ya fuera la medina musulmana o el casco intramuros cristiano. Los vencidos o tolerados eran expulsados de ese centro y confinados en barrios cerrados, dando origen a las juderías y a las morerías o arrabales, término de origen árabe que designaba precisamente a los barrios situados fuera de las murallas protectoras.
Aquella paz de las tres culturas no era fruto de la tolerancia moderna, sino de un ordenamiento jurídico desigual. Los mudéjares bajo el cetro cristiano y los mozárabes bajo el dominio islámico pagaban impuestos desorbitados a cambio de que se les permitiera conservar su religión. Las fronteras invisibles y físicas marcaban el día a día: los matrimonios mixtos se castigaban con la pena de muerte, las minorías no podían portar armas y las puertas de las juderías y morerías se cerraban con llave cada noche, dejando claro que el equilibrio dependía de mantener a cada uno en su sitio y con las defensas siempre listas.
Resulta un giro de lo más irónico ver cómo cambia el cuento con el paso de los siglos y cómo evoluciona nuestra particular forma de canalizar las frustraciones políticas. Si en la Edad Moderna la venganza popular consistía en degradar el título de una figura de autoridad no deseada poniéndoselo al perro de la casa, hoy en día en España hemos invertido la fórmula por completo: ahora no se le pone el nombre de un cargo relevante al perro, sino que es a la persona que ostenta el cargo no deseado a la que se le llama directamente «perro». Las vueltas que da la vida y el lenguaje han hecho que un insulto tradicional se convierta en el lema de cabecera de la sátira política actual. Sin necesidad de señalar con el dedo a nadie en el panorama público contemporáneo, resulta evidente que el canino sigue siendo el blanco perfecto cuando el ciudadano de a pie quiere buscarle las cosquillas al poder, solo que ahora el viaje del agravio va en dirección contraria.

De Mis conversaciones con la IA

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