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Siempre me he preguntado qué habría sido de aquella colección de personajes que habitaban la aldea tras la muerte de don Quijote en el último capítulo de la novela. Alegre y algo alocada reunión de labradores con algún licenciado y hasta un barbero ilustrado, que comentaron sus aventuras, las siguieron con interés y, cuando finalmente volvió al pueblo, lo acogieron como a otro vecino más. Cervantes podría, de haber querido, decirnos qué reservaba a Sancho para después de la muerte de su amo, pero no lo hizo, así que no cabe sino lucubrar.
Muerte de Sancho Panza
Llevaba Sancho una semana enfermo y postrado en el lecho. Nunca había guardado cama; cuando se resentía mucho del dolor de riñones, se apretaba bien la faja, tomaba un trago de vino y con el rucio al campo. Rodeado de Teresa, Mari Sancha, su marido Lope Tojo, y fray Sanchico —que ha obtenido un permiso especial de su prior para asistir a su padre—, y algún convecino, Sancho agoniza. Tras un súbito espasmo, con un hilo de voz, demanda:
—Llamad al cura, llamad a don Pero Pérez. Que venga, que estoy en las últimas y quiero confesar.
Mari Sancha sale corriendo a buscar al cura.
El cura tarda algo en llegar. Han pasado los años y su caminar ya es torpe; además, ha desarrollado un grueso talle. Viene portando los santos óleos y acompañado de un monago canijo. Los vecinos se acercan a la casa a inquirir noticias de la salud de Sancho; por allí se puede ver al bachiller Sansón Carrasco, a maese Nicolás el barbero, a Antonia Quijano —la sobrina de don Quijote, que lleva luto por la muerte de su tío—, a Pedro Alonso, a Tomé Cecial y a algunas comadres, como la vieja ama del caballero andante. Todos serios y con grave gesto. Los nietos de Sancho están extrañamente quietos, con lo revoltosos que son siempre.
Entra el cura resoplando en la cocina de la casa por el esfuerzo del trayecto. En una alcoba, tras una cortina, yace el enfermo. Lo primero que hace es ordenar que salgan todos y lo dejen solo con el moribundo, pues ha de confesar.
—¿Sancho, amigo mío, quieres confesar? Recemos juntos un padrenuestro.
Sancho sigue el padrenuestro con interrupciones por faltarle el aire, respira con mucha dificultad y el cura comprueba que la confesión será dificultosa, de modo que dice:
—Sancho, has acudido todos los domingos a misa y has confesado y comulgado cada año por Pascua, así que… ¿cómo dices?
—Que sí, como sabe vuesa merced, he sido siempre cumplidor con todos los mandamientos de la Santa Madre Iglesia; aunque barruntara tormenta y la cosecha estuviera sin recoger, he acudido a misa. Aunque Dios no me lo ha tenido en cuenta, pues a veces el granizo me ha arruinado la vendimia, Dios sea alabado…
—Sancho, no blasfemes, Dios sabe lo que hace, nosotros somos unos ignorantes; y cuando haya ocurrido eso, pues, conformidad con los designios de Dios.
—Siempre me he conformado con los decenios del Altísimo, como dicen vuecedes los curas, porque Dios aprieta, pero no ahoga, y si sin nada en el puchero un día parece un año entero, y si no tienes qué cocer, deja el puchero quieto, ni siempre hay cerdos donde hay estacas, y a buena hambre no hay pan duro.
—Designios, querrás decir, Sancho.
—Lo que vuesa merced diga, pero me ha entendido, aunque esté mal dicho; y Dios también, y yo me entiendo.
—No comiences con tus sartas de refranes, que eso y las sandeces que sueles decir son tu mayor pecado. Claro que son pecadillos veniales, fáciles de perdonar, siempre que te arrepientas de ellos.
—Yo me arrepiento ferozmente de mis pecados, aunque no sepa cuáles sean, porque aparte de maldecir a veces de mi mala vida —sobre todo de los palos y somantas que he recibido en el cumplimiento de mis deberes de fiel escudero— y discutir alguna vez con mi compadre Pedro Alonso por un más allá o más acá de la linde de las viñas, sin llegar nunca a mayores, no recuerdo haber hecho mal a nadie ni desearle mal alguno. En cuanto a mis aventuras con mi señor don Quijote, bien las pagaron mis posaderas y mis espaldas, o sea que merecedoras de perdón son. Mi vecino Tomé Cecial también fue escudero del Caballero de los Espejos y el de la Blanca Luna, o sea, de nuestro vecino Sansón Carrasco, para entendernos, y bien honrado que está por ello.
—¿Ferozmente o fieramente, Sancho?
Tras este parlamento Sancho se sume en un desvanecimiento, pero pronto se recobra y continúa con sus quimeras:
—Más que lo breve de mi gobernación —que demostrado quedó que no lo hice peor que cualquiera de los estirados cortesanos que pululaban por la corte del duque—, lo que más lamento es que mi señor don Quijote no emprendiera lo convenido de hacernos pastores, pues habría apacentado mis cabras y algún cochino, y mientras él celebraba la hermosura de tal o cual pastorcilla, yo habría elaborado mis quesos y engordado mi tocino, de lo que habría sacado buen provecho.
Una profunda y dilatada apnea corta bruscamente el hilo de voz del moribundo, lo que aprovecha el cura para dar por finalizada tan extravagante confesión.
—Basta, Sancho. Si te arrepientes de tus pecados yo te absuelvo de todos ellos; ve en paz hacia el Señor. Ahora te ungiré con los santos óleos y rezaré junto a tu hijo el fraile unas oraciones por la paz de tu alma.
Mientras tanto, Lope Tojo había sugerido más de una vez la conveniencia de que hiciera testamento, incluso con alguna urgencia, de modo que, al no haber escribano en el pueblo —el bachiller Sansón Carrasco tenía solicitada la plaza, pero los asuntos de la Chancillería requerían su tiempo—, hicieron venir al alcalde como máxima autoridad civil. Una vez terminada la confesión, esperaron a ver si se reponía algo y si estaría en condiciones de testar. El alcalde había rogado al cura que no se marchara todavía por si lo necesitaba de testigo, ya que era notorio que Sancho era analfabeto —como él mismo— y precisarían varios testigos. Pedro Alonso, Tomé Cecial y maese Nicolás el barbero se prestaron también como testigos. Sansón Carrasco se ofreció de amanuense.
Todos ellos entran en la alcoba donde Sancho agoniza, aunque todavía tiene unos momentos de lucidez, y el cura le pregunta:
—Amigo Sancho, ¿estás en disposición de otorgar testamento?
Sancho asiente con la cabeza y, con débil voz, dice:
—Para lo que hay, fácil es de dictar. La casa con sus muebles y aperos de labrar, y el burro con sus arreos y albardas, para mi amada esposa Teresa —al menos así lo recoge Sansón en el documento: «mi amada esposa»—, que tanto me ha cuidado. También el pegujal plantado de viña, que linda con la de Pero Alonso. Sobre todo, que se haga constar que la media docena de gallinas que están en el corral, las mejores ponedoras de toda la Mancha, las cabras y el cochino, que está ya para la matanza, también son para ella. A mi hijo el fraile no lo desheredo, que es el mejor hijo que ha habido. No le dejo nada porque ha hecho votos de pobreza y no puedo contrariar su inclinación —alguien en voz baja comentó: «No le deja nada para que no se lo queden los frailes»—. En cuanto a mi yerno y mi hija, que esperen hasta que muera Teresa, que una olla al fuego y un techo no les va a faltar mientras ella viva.
El bachiller Sansón Carrasco mostró sus dotes de pendolista, embelleció algunas frases y añadió de su cosecha algunos aforismos jurídicos y unos latines, para que se notara que sus cursos en Salamanca no habían sido en vano.
Redactadas y leídas de viva voz las breves últimas voluntades del buen Sancho, los que sabían firmar, firmaron; los demás estamparon una cruz al pie del documento.
Tras un profundo suspiro, Sancho expiró con la misma discreción con que vivió. Marchó, tal vez, a reunirse con su admirado caballero para reemprender juntos la tarea de deshacer agravios, enderezar tuertos, enmendar sinrazones y combatir abusos por esos mundos siderales. Quizá tope con ellos alguna nave interestelar y nos lo cuente.
