jueves, 7 de noviembre de 2013



En el fondo del sistema finito existe un planeta reinante
habitado por prisioneros errantes que cabalgan funestos augurios
por mares y tierras cóncavos como ojos de agujas
y cubiertos de fuegos como carnes vivas.

Arrastra encadenado a su órbita un satélite craneal
resistiendo los huracanes de acero
mientras mantiene viva toda su masa informe y fértil
e invoca al afilado cometa redentor de la muerte.

Un rosario de falsas plañideras lo circunda como anillo celeste
girando sin descanso
protegiéndolo en oración de sesiones infinitas
anhelando que caigan los disfraces y luzcan como amazonas vírgenes y fértiles.

Cuando llegue el invocado arcángel redentor del frío,
rasgará la piel de pétrea apariencia
que comenzará a latir
evacuando toda la libertad retenida.

Las argollas caerán,
los inertes y escondidos caminarán hacia el sol
se olvidarán violencia y vacío
todo el sistema recuperará su natural armonía.



Vladimira de Zembla


miércoles, 6 de noviembre de 2013

"EN PROCESO": EXPOSICIÓN DE FABIOLA ARES MASCARAY EN EL CENTRO PENITENCIARIO DE ZUERA


Fabiola, ayer, en la presentación de si exposición
(Fotografía: J.L.H.B.)


Ayer se inauguró en el Centro Penitenciario de Zuera "En proceso", la exposición de Fabiola, amiga y colaboradora del blog, tanto con sus aportaciones plásticas como con sus narraciones y poemas en prosa. Tuvimos ocasión de ver sus pinturas, demostrándose una vez más que hay que ver un cuadro de verdad para admirarlo y disfrutarlo en toda su dimensión. Tras la presentación y palabras de bienvenida de rigor, se suscitó un interesante coloquio entre la pintora y un grupo de internos, que nos descubrió nuevas perspectivas y secretos en sus óleos impresionistas, sus magníficas acuarelas y sus imaginativos contrastes de estilos a la búsqueda del mejor de sus lenguajes. Esperamos con fervor una nueva muestra abierta esta vez a todo el público.  No por nada, sino porque el público -a veces- se lo merece. 

Chapeau y enhorabuena, Fabiola.



Fabiola Ares Mascaray (Zaragoza, 1988) es licenciada en Derecho y ADE por la Universidad de Zaragoza (2006 - 2012) y ya desde la niñez viene mostrando unas dotes artísticas excepcionales, tanto como poeta, narradora, pintora o cantautora.
Su obra, en los más variados soportes, denota ―de un lado― una imaginación lírica desbordante e irónica y mordaz en ocasiones; y ―de otro― una mirada atenta a cuanto le rodea: desde lo más nimio a lo más inmenso. Es la mirada inquieta del talento artístico, que todo lo disecciona y todo lo analiza y fagocita. Inquietud que le ha llevado no sólo a recorrer y observar el mundo y la sociedad, viajando y residiendo, literalmente, de extremo a extremo del orbe; sino también a profundizar en los pilares que sustentan esa sociedad, de ahí también su opción universitaria.

En el contexto de dicha formación académica, su visita al Centro Penitenciario de Zuera, hace ahora algo más de un año, sirvió para tomar contacto por vez primera con este otro mundo, y asimilarla como una nueva experiencia en su ya importante acervo personal y artístico, enriqueciendo su pluma, voz y paleta, siempre inmersas en un mágico, personal y misterioso proceso de búsqueda, propio de todo verdadero artista. 

Y de este trayecto da puntual razón "EN PROCESO", donde nos vamos a encontrar, desde un paisaje urbano toscano propio, real e ideal a un tiempo y que resume en parte la experiencia italiana de nuestra pintora, hasta la escena callejera de una pareja enamorada al pie de una escalera, pasando por la reproducción/recreación, nunca inocente, de pinturas ya consagradas o por esa mujer azul de "Aisberg", hermosa como si ya no hubiese mares en el planeta, única obra de un pintor contemporáneo del centenar escogido por el Narciso de Alfonso para su divagación literario-pictórica: "Merodeando el desnudo femenino" (2013).

(Del tríptico de la exposición)




lunes, 4 de noviembre de 2013

EL TURISTA QUE SE RETRASÓ (Antonio Envid)



El viajero no había conocido el tiempo más glorioso de aquel hotel en la Via Reggia, cuando los De Sica, Sinatra, Cary Grant o la Loren lo frecuentaban, pero sí llegó a vivir su epílogo, aquellos años en los que, quizá, sus huéspedes ya no eran rutilantes astros del firmamento de la fama, pero sí un público adinerado y selecto, mientras todavía flotaba en su ambiente el aroma y el encanto de aquellos seres amados por los dioses; cuando él recompensaba con una generosa propina el gesto y las palabras cómplices del camarero: “los señores van a ocupar la misma habitación en la que pasaron una noche la Callas y Onasis”. Sin embargo, al contemplar los sillones del vestíbulo con el cuero, no solo desgastado, sino incluso cuarteado, las hermosas mesas de caoba rayadas y con desperfectos, las escayolas arruinadas, las otrora espléndidas arañas, hoy mancas de algún brazo, iluminadas con escasas bujías, las pinturas desconchadas y los maceteros huérfanos de las plantas y flores de antaño, estuvo a punto de volver al taxi que lo aguardaba con el equipaje y ordenar que lo llevara a más acogedor alojamiento.
En la recepción un empleado de aspecto aburrido y de avanzada edad –tal vez simplemente envejecido- a su demanda contestó displicente: “cuando termine de registrarle le ayudaré con las maletas”. Echó en falta la fila de mozos que antiguamente, en perfecta formación, aguardaban atentos la orden del recepcionista. No tuvo más remedio que cargar con una de las maletas mientras el empleado llevaba el resto. “¿Es ésta la habitación que deseaba? Es una de las mejores y tiene vistas a la bahía”. La habitación era la misma, pero totalmente arruinada, el papel de la pared se descolgaba a trozos y el mobiliario parecía haber sido pasto de alguna calamidad. Maldijo la crueldad del tiempo; como es incapaz de preservar aquellos lugares sagrados para nosotros, sitios donde hemos sido felices, degradándolos, sin que podamos hacer nada por salvarlos, devastándolos, sin que nadie se duela de su desvalimiento. La nostalgia, esa enfermedad del alma causada por la impotencia, lo invadió. Llamó a la recepción solicitando una botella de güisqui para poder pasar la noche. No hay dolor tan grande como el que se siente en la desgracia al recordar tiempos felices.


Antonio Envid


domingo, 3 de noviembre de 2013

LA INSPIRACIÓN SE EXPANDE (Ángel Ferrer)


sgs

La inspiración se expande
devolviendo espejos cóncavos

convexos
cada rasgo
una risa

un llanto
y en la sala yo
y somos muchos



Ángel Ferrer


sábado, 2 de noviembre de 2013

EL DON DE LA UBICUIDAD (Juan Serrano)



Las hojas de los árboles habían dejado de moverse. El cielo, completamente azul. La ciudad parecía un estanque de hielo en verano. La calle estaba desierta. Las aceras, todavía mojadas. Los barrenderos, hacía poco, que habían terminado su trabajo. Con ser la hora de entrar los niños al colegio, no vi a ninguna madre arrastrando a su hijo camino de la escuela. Tan quieto estaba el aire, que todo parecía una fotografía.
Me quedé sobrecogido nada más ver tus pies calzados con mis propias sandalias. Precisamente en aquella época pasaba por un momento de simplicidad tal, que todo, o casi todo lo que precisaba para vivir, lo hacía con mis propias manos. Como te digo, las sandalias que yo calzaba en aquellas fechas, eran irrepetibles. Yo mismo compré el cuero en la tienda de aquel peletero. Con las herramientas de marroquinería que me prestó mi amigo Alfonso, yo mismo emblandecí, corté y cosí las tiras de las sandalias, que productivamente años me duraron. Las sandalias que por aquel entonces yo llevaba, nadie, ¡nadie!, a no ser que fuesen las mías, podía calzarlas. Al verte aquella mañana con mis sandalias puestas, me llené de asombro y una corriente de consonancia me religó a ti de manera unívoca. Un doble y contradictorio sentimiento ambiguo estranguló por un momento mi respiración: descanso por dar al fin con la persona de mis cuernos, y tristeza, al traerme tu presencia el recuerdo de mi desgracia.
No me dio tiempo a entendérmelas contigo, ni a que me sacaras de dudas. Cuando quise hacerlo, ya habías desaparecido. Me ocurrió lo que al niño que juega en la ribera de un río. Un poco más arriba del curso del arroyo, este mismo niño ha tirado al agua un trozo de corcho, la pequeña corteza de árbol, en la que su abuelo le ha ahuecado, tallado, el diminuto barco de sus sueños. El niño corre veloz por ver, si un poco más abajo, adelantándose al rápido fluir del barquito, pudiera ahora recibir con vítores su llegada. Todo ha sido inútil, cuando el niño, agotado tras una larga carrera, se asoma a la orilla, ve como su ilusión navega, lejos ya, entre las curvas del boscaje del arroyo. 
Que nos crucemos en la calle a personas llevando nuestra misma camisa, no es de extrañar. Hasta la sudación, una cosa tan original por su especificidad como es el olor personal, ya es ahogado por el invento de los desodorantes. Nos cruzamos con personas que visten, se peinan, se pintan y se calzan igual que nosotros, llevan nuestro propio gusto, el mismo perfume, el mismo paraguas. Yo aquella mañana me di de bruces con quien conmigo compartía mi amor por la misma mujer.
Al verte aquella mañana con mis sandalias, una corriente de consonancia me religó a ti de manera unívoca. Quise demostrarme en aquel momento el don de la ubicuidad. Pero no me dio tiempo a preguntarte:
Por favor me podría usted dejar ver un momento. No le parece demasiada coincidencia que tengamos el mismo gusto por el calzado. 
Al llegar a casa, lo primero fue preguntar a mi mujer por mis sandalias de cuero.
No te acuerdas que las tiré a la basura, estaban para el arrastre. ¡Mira que te cuesta trabajo desprenderte de las cosas! Tan obsesionadamente te apegas a ella, que luego no hay quien te haga quitártelas de encima. 
Mi mujer continuó luego hablándome de algo que casi no me acuerdo, de fetichismo, de que si yo subjetizaba de tal manera mis prendas de vestir que las personalizaba hasta el punto de confundirme con ellas. Yo, en ese momento, de tan confundido, no tenía ganas ganas de dicutir. A mi mujer, por supuesto, nada le dije de mi encuentro contigo, y mucho menos de que te había visto con mis propias sandalias. Tal fue su divagada defensa de ocultar lo que para mí era vital, que desistí de ampliarle los detalles de nuestro simbólico encuentro. 
A partir de ahí, lo que empezó a preocuparme, no fue la mirada esquiva de mi mujer ante ciertas alusiones mías relacionadas con nuestra más honda intimidad conyugal, sino mis olvidos consentidos. Pero de lo que sí estaba completamente convencido es, de que las sandalias que tú llevabas aquel día eran las mías, las que yo curtí con mis propias manos. Como aquellas, imposible que hubiesen otras. A no ser que tu y yo fuésemos la misma persona.
Después de verte andando con ellas, de verte como casi con mis propios pies te distanciabas delante de mí, sin hacerme ni puñetero caso, acudió a mi cabeza, (¡tan desmemoriada para otras cosas!), las palabras textuales que se me habían quedado, tras leer aquella novela de Novairge: 
Si ves un hombre caminando con tus propios zapatos, piensa que tal vez los haya cogido equivocadamente de debajo de la cama donde duerme tu mujer.

Juan Serrano
de su blog: Blao
15 octubre, 2013




viernes, 1 de noviembre de 2013

MERODEANDO A.... Muchacha aposentada en lo duro y gris (Narciso de Alfonso)


sgs

El fotógrafo cruel del rosa al amarillo, nos ha dejado abierta una ventana en la que, siendo un poco exigentes, no se ve –cabalmente- nada, pero quizá nos convenga quedarnos cerca de la muchacha que está en un descanso de canguro, con las piernas de saltar recogidas mientras ella mira, posiblemente, al mar o a las últimas amapolas o al horizonte detenido o a ese otro horizonte portátil que llevamos dentro, que desplegamos si hace falta y que viene a ser una línea confusa, seca y sin campanas, en la que se acaba el pensamiento y empieza la corriente incolora de la conciencia o la imagen mental que tenemos de la vida en bruto, en grueso, en gordo, en tonto o –incluso- ese límite largo en el que empezaríamos a pensar, de verdad, si alguna vez lo alcanzáramos, pero, como el mismo horizonte, es inalcanzable. 

La muchacha, que puede ser muy hermosa, o menos hermosa, lleva una camisa del color del coral, y tal vez se ha venido a ver a papá mar directamente desde el amor o desde la escuela, porque arrastra recelos largos y pegajosos y verdes como las algas tupidas, o porque se siente llena de círculos viciosos, o porque tiene muchas neuronas heridas o enfermas. 

Como una vampiresa eficaz, ha chupado todos los colores de la foto para cumplir el eslogan que dice que la vida es en color, pero la realidad es en blanco y negro –como unas cuantas hormigas en la nieve-. La muchacha está natural, bonita, recién ordeñada, con un rulo de menos –quizá para hacernos hablar-, tragándose todos los colores del mundo como cuando cae la tarde y deja descolorido el paisaje, los rebaños y el pueblo. 

Tal vez así, abandonada, está haciendo vida y recuerdos, montada en la bicicleta de sí misma y dando pedales al corazón, que es muy memorioso para las cosas pequeñas y para los divinos detalles, como un costurero con hilos de muchos colores y muchos botones sólo para desabrochar, que son más bonitos y eróticos. 



Narciso de Alfonso
El Merodeador, IV


Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...