Una tarde senté a la Belleza en mis rodillas. Y la encontré amarga. Y la injurié. (A. Rimbaud)
jueves, 20 de mayo de 2021
¡TODAVÍA EL 98! (Manuel Azaña)
sábado, 1 de mayo de 2021
"GENTES CON UNA SED PRODIGIOSA" ("LA INVENCIÓN DE LA TABERNA", DE A. ENVID)
Temas como este son ampliamente tratados por Antonio Envid en su obra “La invención de la taberna “ publicada por Lecturas Hispánicas, que acaba de editar una versión totalmente revisada y actualizada.
(*) Puestecillos de comida y bebida ambulantes, que al carecer de licencia, se desmontaban de un puntapié ante la presencia de los alguaciles.
lunes, 26 de abril de 2021
T.E. LAWRENCE. DOGMA Y DUDA. ORIENTE Y OCCIDENTE. INTOLERANCIA CONTRA PROGRESO
Al ser la población tribal y la urbana del Asia árabehablante, no dos razas diferentes, sino dos estadios económicos y sociales distintos, cabría esperar que un cierto aire de familia se manifestara en su modo de pensar, haciendo igualmente razonable que en las producciones de ambos tipos de población aparecieran elementos comunes. Ya desde el principio, en mi primer encuentro con ellos, pude hallar una simplicidad universal, una dureza en las creencias, casi matemática en su limitación, y repulsiva en su falta de simpatía. Los semitas (*) no mostraban medias tintas en el registro de su modo de ver las cosas. Eran un pueblo de colores primarios, o más bien de blancos y negros, que veían el mundo siempre con nítidos contornos. Eran un pueblo dogmático, que despreciaba la duda, nuestra moderna corona de espinas. No comprendían nuestras dificultades metafísicas, ni nuestra introspectiva forma de interrogarnos. Sólo conocían la verdad y la no verdad, la creencia o la incredulidad sin nuestro habitual cortejo de dudas y matizaciones.
Para aquel pueblo sólo existía lo blanco y lo negro, no sólo en lo que hace a la visión de las cosas, sino también en lo referente a sus constituyentes más íntimos: blanco o negro, no sólo en lo visible, sino también en lo valorable. Su pensamiento sólo se sentía a gusto en los extremos. Se sentían plenamente cómodos sólo en lo superlativo. A veces, sentimientos contrapuestos parecían actuar a la vez en ellos; nunca, sin embargo, llegaban a un compromiso: llevaban adelante la lógica de varias opiniones incompatibles hasta desembocar en metas absurdas, sin notar la incongruencia. (...)
Eran un pueblo de limitadas y estrechas miras, cuya inerte inteligencia tendía a caer en la incuria y en la resignación. Su imaginación era viva, pero falta de creatividad. Había en Asia tan poco arte árabe que podría decirse que carecían de arte en absoluto, aunque sus clases superiores eran liberales mecenas, y habían fomentado todo tipo de talentos en la arquitectura, en la cerámica o en cualquiera de las otras artesanías en las que sus vecinos e ilotas descollaban. Tampoco llegaron a manejar grandes industrias: carecían de organización mental o material. No habían inventado ni sistemas filosóficos ni mitologías complejas.
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(*) Los pueblos de lengua semita estaban constituidos por un conjunto heterogéneo de pueblos y etnias, todos ellos pertenecientes a la antigua familia lingüística semita. La acepción racial de «semita» es hoy considerada pseudocientífica, y su uso es desaconsejado. La relación entre los pueblos semitas se debe exclusivamente a su origen lingüístico y cultural, por lo que el uso de «semita» se debe circunscribir a estos ámbitos. Es, pues, impropio hablar de «razas» indoeuropeas o de «razas» semitas, sino que debe hablarse de pueblos que hablaron alguna de estas lenguas.
domingo, 4 de abril de 2021
LEOPOLDO LUGONES Y LA INVENCIÓN DEL CUENTO MODERNO (Servando Gotor)
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"Compré
el mono en el remate de un circo que había quebrado”.
Así empieza Yzur, uno más de los jugosos
relatos del argentino Leopoldo Lugones (1874-1938), escritor
que sirve de puente entre el modernismo hispanoamericano (Rubén Darío a la
cabeza) y la potente literatura que vendrá después, rebosante de realismo,
ciencia y magia, desde Borges o Bioy Casares hasta Gabriel García
Márquez, pasando por Juan Rulfo.
La narración continúa
en estos términos:
La
primera vez que se me ocurrió tentar la experiencia a cuyo relato están
dedicadas estas líneas fue una tarde, leyendo no sé dónde que los naturales de
Java atribuían la falta de lenguaje articulado en los monos a la abstención, no
a la incapacidad. “No hablan, decían, para que no los hagan trabajar”.
Semejante
idea, nada profunda al principio, acabó por preocuparme hasta convertirse en
este postulado antropológico: los monos fueron hombres que por una u otra razón
dejaron de hablar. El hecho produjo la atrofia de sus órganos de fonación y de
los centros cerebrales del lenguaje; debilitó casi hasta suprimirla la relación
entre unos y otros, el idioma de la especie en el grito inarticulado, y el
humano primitivo descendió a ser animal.
Subvierte aquí Lugones los postulados
científicamente correctos… aparentemente, claro. Porque lo que dice
no es en realidad tan extraño a la ciencia, siempre tan cara para él. De hecho,
ya había sido un niño precoz con una memoria prodigiosa al que se le
daban maravillosamente las ciencias y las historias. A su familia y a los de su
entorno -dicen- se les caía la baba escuchando sus ocurrencias. Y en
1921 llegó a escribir un folleto sobre la relatividad (El tamaño del espacio) por
el que -cuentan- se interesó el propio Einstein. Lo cierto es que en este
relato parece contradecir -incluso condenar- a Darwin, quien planteó la
teoría de la evolución en sentido positivo. Pero Lugones, en este relato, lo
que plantea es que la evolución en vez de ir en un único sentido de ida o
avance -la denominada Ley de la irreversibilidad evolutiva de Dollo-, puede,
también, retroceder, algo que ya señalaron a finales del siglo XIX las
denominadas teorías de la devolución o des-evolución; esto es: una evolución
hacia atrás, hacia el origen.
Pierre Boulle, en El planeta de los simios (1963)
nos muestra a unos primates que, no tan vagos, sí avanzan hacia el lenguaje, y
ello les llevará inexorablemente a una cierta organización social. Pero
lo que Lugones nos cuenta es que los monos que hoy conocemos no
evolucionaron porque voluntariamente se opusieron a la esclavitud a que el
lenguaje (y con él la organización social) podía arrastrarles. Los
muy listos.
Estas reflexiones/fantasías sobre las posibilidades
de los animales (hoy tan valoradas) las vuelve a repetir Lugones en Los caballos de Abdera, una
distopía, que nos hacer pensar en la transcendencia de los extremismos e
intolerancias, adelantándose así, con un siglo de anticipación, al debate
animalista actual.
Pero no solo de animales se alimenta la evolución; o lo que es lo mismo, la vida. Porque el concepto vida es eso: movimiento, evolución y, por tanto: tiempo (la cuarta dimensión). Y quien posibilita esos movimientos, es precisamente ese cúmulo de apasionantes fuerzas extrañas, a día de hoy todavía tan desconocidas, no solo para el hombre de a pie. Y a ese movimiento y a sus consecuencias están dedicados, más o menos directamente, la mayor parte de los relatos que componen este fantástico volumen. Asistimos así a la búsqueda de la energía que rige la armonía pitagórica de las esferas para utilizarla como herramienta desintegradora (La fuerza omega), al estudio de la fuerza delatora de la luz y el color de los sonidos (La metamúsica), o a la radiación de los olores en ciertas plantas mortales o flores del mal (La viola acherontia); a los efectos de otras fuerzas no menos extrañas capaces, en unos casos, de absorber y materializar los pensamientos (El Psychon), o desvelarnos un universo paralelo o de desdoblamientos (Un fenómeno inexplicable), e incluso hasta plantear cierta hipótesis pretendidamente científica sobre el comienzo de la vida: Ensayo de una cosmogonía y El origen del diluvio. Esta última narración con evidentes tintes ocultistas o espiritistas, que no faltan tampoco a lo largo de todos los relatos, en los que, en todo caso, se desborda la fantasía pura y simple y sin mayor intento de explicación, como El milagro de San Wilfrido o El escuerzo; de los que se ha llegado a decir que contenían un realismo mágico avant la lettre. O las dos soberbias prosas relacionadas con el bíblico final de Sodoma y Gomorra: La lluvia de fuego y La estatua de sal.
Monos, caballos, dobles, máquinas sorprendentes,
armonía de las esferas, pitagorismo, espiritismo… Y todo contado con buenas
dosis de ironía que jalonan la obra de principio a fin, alimentándose —como
toda ironía— de contrastes: la lógica y el absurdo; o lo que es lo mismo: la quiebra de la lógica. Así, razonadas,
y hasta razonables hipótesis científicas, son rematadas con las más variopintas
conclusiones. Y las más curiosas invenciones técnicas para descubrir o utilizar
esas energías, concluyen materializadas en esperpénticas máquinas que acaban
con la muerte, la locura o la mutilación de su propio hacedor, lo que, lejos de
desorientar al lector, lo hacen cómplice del guiño y el sarcasmo del autor, quien
parece castigar con crueldad a sus propios personajes: esos estrafalarios
diletantes que meten las narices donde no deben.
Pero nada de todo esto es gratis: Lugones arrastra
al lector por caminos a veces tortuosos, exigiéndole fe y lealtad. Y solo si somos
capaces de aceptar el reto, disfrutaremos plenamente del siempre merecido y
generoso final, hacia el que todas y cada una de esas sendas conducen.Y, en
definitiva, es esa la esencia del cuento. En ella se encierra el núcleo de toda
su poética: el comienzo -y a partir de él toda la trama- está pensado, diseñado
y tiranizado por el final: en mi principio está mi fin, recordará T.S. Eliot. Final hacia
el que el poeta nos conducirá por caminos y vericuetos insospechados.
Son cuentos
Y el cuento, a diferencia de la novela, no permite
pausas ni distracciones: hay que leerlo de un tirón. La novela exige tregua, el
cuento entrega. En la novela caben respiros, el cuento solo admite frenesí. La novela
invita a la reflexión, el cuento al arrebato.
Eso sí, el recorrido ha de ser verosímil. Y la
verosimilitud se logra con la pormenorización de datos y detalles, lo que
Lugones consigue llevar a niveles científicos, reales o ficticios, pero siempre
con una convincente apariencia de verdad.
Para que la ciencia ficción o la fantasía enganchen es preciso vencer al
descreimiento, lo que solo se consigue con una convincente y recia apariencia
de lógica y coherencia internas impecables.
Pero aún hay algo más, no menos importante que la
coherencia: para que la objetividad resulte creíble tiene que estar siempre
exenta de la mínima exageración emocional. Los narradores de los trece cuentos,
resultan todos ellos consumadamente asépticos en este sentido. El relato discurre por una especie de crónica
descriptiva en que el contador opina lo justo; y cuando lo hace es para
destacar algún detalle fáctico imprescindible en la trama. Y si ese detalle
revela alguna emoción, esta se deduce normalmente del propio dato sin ulterior aliño
ni comentario. Cuando el narrador duda, por ejemplo, de la cordura de un
personaje, lo hace para describir una sensación basada en dos hechos objetivos:
una actuación insensata que presencia, y la impresión que a él le causa esa
actuación (impresión que no por personal pierde objetividad). Así, cuando el
homeópata de Un
fenómeno inexplicable, después de una detallada relación de sucesos
extraños y hasta extravagantes, acaba por decirle al narrador que a veces ve
las cosas dobles porque cada ojo procede sin relación al otro, este concluye: «Era, a
no dudarlo, un caso curioso de locura, que no excluía el más perfecto
raciocinio». Sin más.
Objetividad, pues, dato, detalle, coherencia y
distancia, crean la verosimilitud
necesaria para acabar con el descreimiento del lector. Y esta es sin duda la
mejor y mayor aportación de Lugones al cuento moderno. En literatura se pueden
crear universos distintos al nuestro pero siempre han de ser verosímiles. Y nuestro
autor, además, lo hace en un contexto de hipótesis científica que da mayor
valor a sus ficciones.
Lugones da un salto cualitativo en nuestra
Literatura. Su narrativa está muy pero que muy lejos de la de Rubén Darío. Se
aparta radicalmente del florido modernismo dando paso a ese lenguaje tan
preciso como conciso de la Modernidad que consigue impactar con tal fuerza en
el lector, que no necesita de mayores efectos, artefactos ni aditamentos.
Pero, además, esta aparente asepsia y frialdad, no
está reñida con la belleza. La prosa de
Lugones no solo alcanza la sublimidad en muchos momentos, sino también la
belleza. Y como mero ejemplo baste citar, precisamente, uno de los relatos
fantásticos, alejado -solo aparentemente, eso sí- del cientifismo que jalona al
resto: La lluvia de fuego, la
obra maestra de Lugones, según el propio Borges. Y para muchos, desde el plano
estético el cuento más conseguido de Las
fuerzas extrañas.
sábado, 27 de marzo de 2021
UN AGUJERO DE GUSANO (Antonio Envid)
miércoles, 3 de febrero de 2021
DE LO QUE PUDO HABER SIDO... (Un tango de Antonio Envid)
domingo, 31 de enero de 2021
ENFERMEDAD Y TIEMPO (Antonio Envid)
(Basado en un testimonio de La Conchaparís)
A las ocho en punto de la mañana se encuentra en la puerta del hospital. Siempre puntual. Coincide en el vestíbulo con hombres y mujeres presurosos, son los sanitarios que comienzan su turno de trabajo y llegan con el tiempo justo para incorporarse. Se cruza con gente que abandona el recinto sanitario, pálidos enfermos que han obtenido el alta y ayudados por algún familiar desean llegar a sus casas, visitantes que van a saludar a algún conocido o pariente interesándose por su estado. Todo el mundo a lo suyo. En fin, lo normal en el vestíbulo de un centro sanitario. Toma el ascensor y llega a la sala de de quimio. Los boxes están todavía vacíos. Pero no, el joven con el que siempre coincide ya ha llegado y se está preparando para recibir su tratamiento. Ella se dispone a ocupar el suyo, le espera una agotadora jornada, la revisión, el análisis, la espera de la fórmula que le van a suministrar con los dos goteros que pronto colgarán del soporte al lado de la camilla, se tiende en ella a la espera del enfermero.
- ¡Buenos días! Es una joven que le sonríe amable. ¿Cómo nos encontramos? Tienes buena cara, yo creo que el tratamiento va bien. Es un poco lento, pero con paciencia todo se alcanza.
- Sí, parece que me encuentro algo mejor, sin entrar en muchos detalles, claro. Aquí, cómo todas las semanas, a recibir estos medicamentos o estos venenos, que no sé como llamarlos.
- De todo hay, una mezcla de cosas buenas y malas, pero que curan. Remángate la manga de la blusa, el pinchazo de siempre, para hacer un análisis.
La espera, poner la mente en blanco, será un largo día y es mejor no pensar, o dejar que la mente se pierda en vaguedades. Ese joven, qué mala cara tiene hoy, me gana siempre la mano, siempre llega antes que yo, es el primero, como si tuviera prisa para curar cuanto antes, para ganar días a la enfermedad, se comprende, es joven y tiene prisa por vivir la vida, pero no parece, pobrecito, que las cosas le vayan muy bien. Siempre llega antes que yo y se marcha antes. Por mucho que me esfuerce no consigo no ser yo a quien siempre le toque cerrar la sala, es algo que me irrita, ver como desfilan todos hacia la salida y en mi gotero todavía queda para un cuarto de hora, por los menos. Mira, ya van llegando todos, y todos se irán antes que yo. La viejecita esa que es tan animosa, aquél, el que yo llamo el “séneca”, porque tiene aspecto de estoico, ahí llega ese otro con su mal humor acostumbrado, pues dos trabajos tiene: enfadarse y desenfadarse. Todos ocupando su cubículo dispuestos a recibir estos, teóricamente, salutíferos mejunjes, que nadie sabe qué contienen, ni los médicos ni nadie. “Llegan de Estados Unidos con las prescripciones para cada caso”, es todo lo que he podido saber. Ya estamos todos, es como una asamblea del dolor, o como una infeliz familia, todos nos conocemos, aunque ni siquiera sepamos los nombres.
Hoy he madrugado más, he venido diez minutos antes, hoy tengo que ser la primera y marcharme antes que otros. No es que tenga prisa, que ya sé que es un día perdido, entre análisis, esperas, los goteros, pero es un reto que me he puesto: hoy no cierro la sala, he de irme antes que ese joven que siempre se va delante de mí. Ves, no hay nadie, la primera, ni siquiera el muchacho que siempre llega antes. Ahí viene la enfermera, lo de siempre, la sonrisa, hay que dar ánimos al paciente, la consabida pregunta de cómo me encuentro y la respuesta habitual. Hay que reconocer que es muy amable, bueno, en general todos son amables, a pesar de este trabajo que debe ser duro, todos los días luchando contra la enfermedad, y cada uno tiene sus problemas, esta chica, a pesar de ser joven, pues tendrá los suyos, pero no los trasluce. Bueno, a ver si nos damos prisa y me voy antes que el joven, que no tardará en llegar.
Tengo suerte, esto va rápido, y ese chico ha venido, precisamente hoy, un poco más tarde. Le gano, seguro que le gano, me voy antes que él. Venga deprisa, los goteros, ya, ya están puestos, como llevo puesto el catéter, se enchufan pronto.
Pronto llegarán las navidades, por qué me acuerdo de ellas, será que este soporte con su racimo de bolsitas con líquidos de colores me ha traído a la memoria el árbol de navidad, ese que colocaré como todos los años con sus bolitas relucientes y sus regalitos. Pero han pasado ya las dos horas y este goteo va lento, va más lento que otros días, deberían de estar terminando de pasar los goteros, me van a hacer perder mi apuesta. Venga, venga, más deprisa. Los forzaré un poco.
- Señora, por favor no se levante ¿qué le pasa? Ahora acudo. No, no veo que esté obstruido, el líquido fluye bien, ya ve, gotea perfectamente. Hay que tener un poco de paciencia, ya falta poco y podrá irse, comprendo que esté cansada, pero ya lo sabe de siempre, no se puede forzar la marcha, tiene que fluir a su ritmo.
Cómo decirle que quiero irme antes que ese joven, pero no por nada, si no porque me he hecho una apuesta a mí misma. Qué vergüenza, como voy a explicarle que la prisa no es por terminar la sesión, que en realidad no me cansa, estoy acostumbrada, incluso aquí, tumbada en la camilla me relajo, si no que el motivo de la prisa es que quiero irme antes que el joven porque así me lo he propuesto, y cuando yo me propongo algo…







