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En su célebre Historia de la sexualidad, Michel Foucault dinamitó la idea de que el poder político o religioso se limita a reprimir el sexo. Al contrario, el filósofo francés demostró que el poder produce discursos sobre el cuerpo para administrar la vida, catalogar a la población y gobernar las mentes. A este fenómeno lo denominó biopoder. Durante siglos, la Iglesia Católica fue la gran cirujana de la intimidad, utilizando el sacramento de la confesión obligatoria para acceder a la psique del creyente y erigirse en el juez último de su verdad. Hoy, en pleno siglo XXI, asistimos a una sorprendente mutación de este mecanismo. Las coordenadas han cambiado, pero el tablero es el mismo: las políticas identitarias contemporáneas, a menudo englobadas bajo el término woke, operan como el nuevo biopoder de nuestro tiempo.
Para comprender el alcance de esta
transformación, resulta iluminador rescatar una distinción que el propio
Foucault analizó en su curso Los anormales: la diferencia entre la
brujería del siglo XVI y las crisis de posesión del siglo XVII.
La bruja era un fenómeno periférico.
Habitaba en los márgenes geográficos y culturales —en los bosques, las montañas
o las costas—, allí donde el poder de la Iglesia no había logrado cristianizar
del todo. El inquisidor perseguía a la bruja desde fuera porque ella encarnaba
una soberanía enemiga; una disidencia basada en un pacto explícito y voluntario
con el demonio a cambio de un poder terrenal. A la bruja se la combatía para
destruirla.
Sin embargo, un siglo después, el
paisaje cambió con las epidemias de posesión demoníaca, que ya no ocurrían en
la periferia salvaje, sino en el centro mismo de la ciudad, intramuros de los
conventos y los hogares burgueses. El poseso no firmaba ningún pacto; era
impregnado y sometido por una fuerza que tomaba el control de su cuerpo y de su
lengua. La posesión no implicaba un comercio voluntario, sino una agónica lucha
interna entre el sujeto y el "espíritu" que lo habitaba. Ante esto,
la estrategia de la Iglesia ya no era la persecución exterminadora, sino la
salvación obligatoria. Había que aplicar el ritual del exorcismo para reeducar
la voluntad, extraer la confesión y devolver el alma descarriada a la
comunidad.
Si observamos el debate cultural actual
en torno al sexo, el género y la identidad, es evidente que no estamos ante una
caza de brujas, sino ante un gigantesco escenario de posesión colectiva: no
quieren tanto deshacerse de nosotros como convertirnos.
Hoy ya no existe un "afuera" o
un bosque idílico al que huir para escapar del biopoder; las pantallas, las
redes sociales y las nuevas burocracias institucionales ocupan todo el espacio
público y privado. El ciudadano contemporáneo no pacta conscientemente con la
nueva ortodoxia ideológica; es impregnado por ella a través de una ósmosis
cultural omnipresente. Los discursos hiperespecíficos sobre las identidades y
los géneros cruzados se introducen en la mente del individuo desde la infancia.
Creemos que elegimos nuestros deseos e identidades de manera autónoma, cuando
en realidad repetimos un guion prediseñado por el propio sistema para fragmentar
y gestionar la sociedad en nichos predecibles.
Esta "posesión" moderna genera
su propia patología: una angustia existencial y una autovigilancia feroz. El
examen de conciencia ya no se realiza de rodillas en el confesonario, sino ante
el tribunal digital de las redes sociales. El individuo vive en una convulsión
constante, midiéndose a sí mismo bajo el miedo a no ser lo suficientemente
"puro", "deconstruido" o "aliado".
La respuesta de las nuevas instituciones
—gobiernos, universidades y corporaciones multinacionales— ante el ciudadano
común que se resiste a estas lógicas no es el castigo físico inmediato, sino la
"pedagogía de la salvación". Se ha invertido el concepto de
normalidad: quien mantiene una visión tradicional o puramente biológica de la
realidad es catalogado de inmediato como un "anormal moral" (un
fóbico o un alienado). Pero el sistema, con una retórica impregnada de
compasión e inclusión, le ofrece la redención. Los talleres de sensibilización
obligatorios, los cursos de nuevas masculinidades y los códigos de conducta
corporativos son los nuevos rituales de exorcismo. No buscan quemar al
disidente; buscan colonizar su mente para que abrace la nueva verdad por su
propio bien.
El fluido con el que se inocula esta
posesión es, indiscutiblemente, el lenguaje. Foucault sabía que quien domina la
palabra domina la realidad. La introducción de una neolengua institucional —que
sustituye palabras materiales como "madre" por abstracciones
administrativas como "persona gestante"— no es un avance lingüístico
inocente, sino un rito de sumisión ideológica. Al cambiar las reglas del juego
semántico constantemente, el ciudadano común cae en un estado de perpetua
inseguridad. Ante el temor de usar el término incorrecto y ser excomulgado
civilmente a través de la cancelación, el individuo opta por el silencio.
El biopoder actual ha logrado así su
mayor victoria: ya no necesita un policía en la puerta ni una hoguera en la
plaza. Le basta con vigilar la sintaxis del ciudadano para recordarle que el
poder ya no se ejerce contra su cuerpo, sino desde el interior de su propia
cabeza. Aunque, por si acaso… Por si acaso, abundan también los observatorios
de todo.






